Testimonio Adios Meli

Carta de despedida a Meli en su funeral - 18 de Marzo de 2015 - Parroquia de Todos los Santos 

Final de la historia clínica 3305AB:

El día 17 de marzo de 2015, a las 14:50 el tren de la vida de Meli se detuvo en la estación de destino justo a tiempo para pillar el enlace que debía llevarla (creo que sin escalas) a la casa del Padre. Presumida como era, lo hizo con la crema de la cara recién dada y los labios bien pintados.

 

Si nunca fue fácil decir algo sobre la situación que hemos vivido durante ni sé los años, ahora tampoco ¿o quizás sí?  Voy a ver qué sale...

Suele decirse que no se valora a las personas hasta que se mueren y es entonces cuando empieza a ser bueno todo el mundo. Me da que no es el caso. Creo, quizás con poca objetividad, que habrá pocas personas que no se hayan admirado de la capacidad de Meli para sobrellevar todo lo que ha acontecido en su vida: sus dolores, sus limitaciones, sus renuncias, sus miedos, sus tensiones, sus continuos “controles mentales” para que no le venciera ni la depresión, ni el dolor e incluso ni las altas dosis de medicación.

“Perdió movilidad en una pierna y era la última que cerraba el baile” recordaban en un Wapp. Perdió vista y oído, no podía moverse de la cama e incluso casi ni tocar el timbre y era la que se enteraba de todo lo que “radio pasillo” trasmitía en la Residencia ya fuera una buena noticia o que a alguien se le terminaba el contrato o regresaba de nuevo.

Y todo eso desde el genio ese que sacaba a veces con cualquiera incluido Dios, pero también desde su forma de llevarlo todo adelante, peleando por su salud, por su vida contra las anestesias recurrentes, contra las marcas del bisturí, contra su mente que se empeñaba en no dormir, contra las opiniones de los médicos que  le decían que  no había solución, contra su incapacidad para estarse quieta, contra ese resorte que, como rabo de lagartija, la llevaba a moverse, a caminar, a desafiar sus propias limitaciones, a subir a la escalera, a hacer todo lo que podía y más en la medida que la salud se lo permitía (y si no también) y, a pesar de los pesares, sin dejar de controlar lo que sucedía a su alrededor, los medicamentos de cada toma (y pobre quien le metiera el placebo), los dineros, la comunidad, la situación de la hija o darse cuenta de que alguien estaba triste y se las ingeniaba para  animarle, sin que faltara tampoco un por favor y sobre todo un gracias.

Imagino que todo eso y más era lo que contaba en silencio cada domingo mirando su mano temblorosa con la comunión, seguida del ritual de siempre: Cerrada de ojos y un “Tú ya sabes lo que te he pedido” o un “arregla todas esas cosas que ya sabes” para acabar con un casi inaudible Amén.

Si tenía un defecto es que era un poco mentirosilla y no me refiero a esas historias que contaba cuando estaba en su “fase alta”, cuando su mente le jugaba esas malas pasadas que tanto le dolían luego. Me refiero a su día a día:

No era cierto cuando decía que estaba bien porque no lo estaba, solo quería que no me preocupara más.

No era cierto cuando decía que no podía hacer nada desde la cama cuando me da que en el silencio de las miradas a la Virgen de Guadalupe que tenía de frente estaba haciendo mucho más que callar.

No era cierto cuando decía que confiaba en mí, que no se preocupaba por el tema de los dineros por ejemplo; sé que aprovechaba los ratos de charla con algunos hermanos para sondear (por decirlo suavemente) qué había de verdad en lo que yo le decía.

No era cierto cuando decía que le daba igual, pero sufría si no tenía colonia, o no recibía su dosis de crema por si llegaban las arrugas. Qué contenta con su rato de peluquería semanal (a pesar de que terminaba muy dolorida y cansada) de y con la recuperación de su pelo (sus dineros le costaba a su marido decía), su barra de labios, sus uñas pintadas,…¡eso también era muy propio suyo!.

No era cierto cuando decía que había dormido cuando en realidad había estado intentando arreglar el mundo que le rodeaba con el Señor Dios (o con su Madre) e intentando dar una respuesta a algunas de las cosas que veía a su alrededor y con las que tanto sufría.

No era cierto cuando decía que estaba bien y que no le habían hecho daño al movilizarla solo para que quienes intentábamos ayudar no nos sintiéramos mal por haber aumentado su malestar.

Y No era cierto cuando regalaba las sonrisas y decía aquel “¡buenooooo, no estoy muy mal del todo!” mientras en el fondo deseaba quedarse sola y cerrar los ojos y descansar (a veces a reflexionar profundamente casi hasta el ronquido).

Una mentirosa integral capaz de olvidarse de ella misma a pesar de su situación y a sabiendas de que al hacerlo iba a añadir ansiedad y sufrimiento a sus días, pero…¡¡ Así era!!

Mirando hacia mi propia situación hay que decir que no fue fácil vivir con ella porque la presencia del dolor, de la enfermedad, las idas y venidas, los ingresos, las fases de las recuperaciones, las consultas y tratamientos condicionaba demasiadas cosas aunque, como he dicho antes, su capacidad para torear las situaciones era especial.

He admirado como los demás su capacidad de sufrimiento, su aguante del dolor hasta límites incomprensibles (al menos para mí que estoy acostumbrado a que no me duela nada y temiendo no estar a la altura cuando me llegue); he vivido su modo de pelear contra ella misma y sus limitaciones, de verla enfrentar la vida de cara no sin ir cediendo parcelas de autonomía que le llevaban a un sufrimiento interior por no poder llegar a más, por no poder hacer más por los demás e incluso de sentirse responsable de mil y una historias por su impotencia.

Pienso que no va a ser fácil vivir sin ella. A lo largo de los años he presumido de llevarlo bien, de estar vacunado contra lo que me iba viniendo, de estar bien pertrechado para el día después, pero habrá que ir viendo y viviendo. Echaré de menos los ratos de compartir, de comentar, de pelear, de sus malos genios, el darle vueltas a qué inventarme para llevarle a la Resi y darle una sorpresa. No será lo mismo sin esos ratos de ir mirando qué fotografías ponerle en la habitación porque era su única forma de ver el mundo de fuera, ni los de mirar a ver cómo negociábamos mis idas y venidas fuera de Vitoria y quienes podrían acompañarla en esos días, desde el convencimiento que quería que fuera y deseaba que me quedara.

Seguramente serán esos recuerdos los que me harán soltar alguna sonrisa triste mientras las manos levantarán las gafas para que la lagrimilla no caiga y estropee el teclado del ordenata.

Nunca fui de los de los tequieros, ni de los de los mi-amor, mi-vida. Así de cardo soy como dice alguien que yo sé, pero quizás a mi manera, se lo he dicho y quizás a la suya, echando de menos el escucharlo más, lo ha captado e iba a decir que lo ha vivido. 

Cuando me han dicho a veces lo cuasi héroe que soy por haber vivido todo eso y así estos años, mi respuesta ha sido que seguramente alrededor hay muchas mujeres que han hecho o hacen estas cosas y que, como la mía, viven en la mentirijilla permanente por darse a los demás.

¿Cómo resumen? Que de mayor quiero ser como ella, tener una poca de su fe y agradecerle el haberme hecho ver que ciertamente necesito la fortaleza del sexo débil.

Agur amorcete como tu solías decir cada noche al despedirnos, descansa en paz y ojala la morada que te tenían reservada en la casa del Padre sea todo lo acogedora que mereces e intercede por nosotros que aun hemos de seguir caminado.

Hasta que Dios quiera.

José Carlos

"Que me haya ido,

no quiere decir que ya no esté con vosotros.

Sólo que mi cuerpo no pudo seguir dando lo que mi corazón os dará para siempre."