Testimonio Recordando a Meli

Fernando Aldea dirige unas breves líneas a su hermana Meli, 25 de marzo de 2015 

Con motivo del fallecimiento de nuestra hermana Meli hemos oído testimonios preciosos que a todos nos han emocionado y a algunos nos han hecho saltar las lágrimas. Permitidme unas líneas, muy personales, porque muy personal fue mi relación con ella en sus 25 años de vida comunitaria.

La conocí el año 1988 en una Eucaristía comunitaria que celebrábamos mensualmente en la cripta del convento de las Madres Reparadoras en la calle S. Antonio. Mujer muy vitalista, inquieta en su búsqueda de la voluntad de Dios para su ubicación en la Iglesia, muy carismática y con cierta ansiedad por acertar y pronto. Y así fue: en Enero del 1990 hacía su SVE ,por cierto, el mismo al que asistieron los fundadores de lo que luego sería A Boa Nova, siguió con su proceso de entrada a la comunidad y ese mismo año realizaba su compromiso inicial. Enseguida me hizo partícipe de toda su experiencia carismática en Salamanca lo que me ayudó a entender su “seguridad y firmeza” en estos temas.

El mismo año 1990 ya tuvo su primer percance serio con la ruptura de su rodilla. Ello me permitió conocerla en otra fase de su personalidad: su capacidad de sufrimiento, de lucha y de un sentido del humor muy poco entendible por mí en aquellos momentos, dadas las circunstancias de su accidente y de la condición física de la que entonces me enteré. Quiero detenerme aquí: No es fácil vivir con “fecha de caducidad”. Meli lo supo hacer y hasta muy avanzada su enfermedad, prácticamente hasta hace unos siete años, muy pocos sabíamos de su caducidad, porque para el resto se os presentaba como una hermana con accidentes, con percances físicos, que la llevaban y  traían al hospital sin más. Su capacidad de lucha, de aguante, de querer ser una más en el servicio comunitario, de bailar como la que más, de asistir a todo como todos, la “escondieron” durante muchos años de su situación real, que día a día, era un paso hacia un final predecible, más cercano que lejano, como así ha sido. Si supierais de sus baños en Arnedillo o de sus vacaciones interrumpidas al llegar a Miranda de Ebro, entenderíais más el carácter vitalista de la hermana y su fuerte personalidad. Era tal su deseo de “cumplir a cabalidad” con su compromiso comunitario que, en cierto modo, se le convirtió en una obsesión, al principio, y en una frustración, hacia el final. Tuve que “corregirla, enseñarla y animarla” demostrándole que lo importante es el “ser” al que sigue el “hacer”. Creo que me entendió y aceptó porque negocié con ella una tarea con la que cumplió hasta el final de su vida: era la intercesora permanente por las necesidades personales y comunitarias. Cada visita le contaba mi realidad personal y comunitaria y me marchaba con la certeza de que, día a día, Meli iba a interceder por todo ello, amén de por sus necesidades personales y familiares. Tengo la absoluta certeza de que ella me y nos consiguió muchas bendiciones y gracias del Señor por su permanente súplica e intercesión. Así mostraba su amor a la comunidad y así se sintió en paz con su situación de “hermana ausente” como se autodefinía ella misma. Sigo con mis certezas: Meli sigue intercediendo en presencia del Padre como lo hacía aquí, con la diferencia de que ahora lo contempla y goza como nunca.

Acabo: Meli nos ha enseñado muchas lecciones prácticas y nos ha dejado tareas: Saber sufrir con Cristo; aceptar el no hacer sin perder calidad el ser; orar por todos, sin excepción y acepción de personas, porque quiso hacer de su dolor su cruz personal, como la de Cristo, que fue un morir para todos. Una última lección: en su ya casi insconsciencia total reconoció el crucifijo que recibió el día de su compromiso de por vida y prácticamente con señas pidió morir con él. Así quería expresar su lealtad y fidelidad a su compromiso.

Como leíste en las flores: Te seguiremos queriendo.

 

Fernando Aldea