Refrexiones Semanales

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Quién es...

 Por Gonzalo Cardenal M.                       gonzalocardenal33@gmail.com

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Nací un 4 de enero de 1933 y estudié mi primaria y secundaria en el colegio Centro América de los Jesuitas de Granada, Nicaragua. Estudié Administración de Negocios en la universidad Boston Collage de los Estados Unidos. Después de trabajar por unos cuatro años en el negocio de importación y exportación de mercaderías de mi padre fundé una agencia de publicidad comercial a nivel centroamericano que tuve que cerrarla cuando triunfó el socialismo en Nicaragua. Entonces trabajé como Gerente de la primera empresa de integración centroamericana de Nicaragua, Hércules de Centroamérica, empresa productora de insecticida para el cultivo del algodón. De ahí ayudé a fundar el primer colegio católico bilingüe de Nicaragua del que fui Director General por 20 años, hasta mi jubilación hace 3 años. Mi encuentro con Cristo se produjo en unos Cursillos de Cristiandad hace como 50 años. Fui desde el principio Dirigente de su Junta Directiva. Después pasé a ser uno de sus directores de la Renovación Carismática Católica de Nicaragua, de donde salí y me integré en la comunidad Ciudad de Dios; entré de los primeros, después del Compromiso de sus fundadores. Actualmente soy Coordinador de esta comunidad y estoy al cargo de la supervisión de los Sectores de Adultos de Managua y represento al Coordinador ante la Iglesia.

Hemos venido publicando algunos de sus artículos... 

Del 1 al 56

Del 57 al 123

El Encuentro personal con Cristo 

Reflexión Semanal nº 1

            Decidí iniciar esta columna semanal con este tema, porque una de las situaciones que más tristeza me produce es el comprobar cómo millones de millones de personas (inclusive cristianos fervorosos) pasan por este mundo sin experimentar nunca un encuentro personal con Jesucristo. Su religiosidad es solamente teórica, algo que les inculcaron desde niño y que Dios afianzó por la fe, pero que nunca experimentaron a un Cristo vivo y actuante en sus existencias. Así transcurren sus vidas sin experimentar nunca esta vivencia fundamental.

            Para mí es incomprensible cómo pueden proclamar amar a Dios sin haberse encontrado con él en forma experimentable, y solo lo atribuyo a una gracia especial recibida. Es como que alguien me diga que se enamoró por correspondencia de su mujer sin haberla visto nunca. Creo que la religiosidad de las personas debería consistir más que en un cúmulo de creencias doctrinales en una EXPERIENCIA. Para todos ellos van estas líneas… para que se dejen tocar por Jesús, porque creo que la tibieza de muchos cristianos se deriva de que no han tenido ese encuentro. Y es que se puede saber mucho sobre el amor, haber leído muchos libros sobre ello, pero mientras no te hayas realmente enamorado de alguien, no conoces nada del amor.

               Por eso no he dejado de decirle a todo el que haya querido oírme que Dios está vivo y que quiere relacionarse íntimamente con él. Recuerdo que así lo hice con un amigo muy querido que me preguntó qué debía hacer para tener su propio encuentro. Le respondí (lo que les digo hoy a ustedes): déjense bautizar por el Espíritu Santo y ¡pídanselo…pídanselo!

            Así lo hizo mi amigo, y una noche orando en su cuarto de hotel en Bluefields, ciudad donde estaba trabajando, una vez más se lo volvió a pedir al Señor, e inmediatamente sintió la presencia sobrecogedora de Dios. Se postró en tierra y comenzó a llorar de gozo. Así lo encontró el día siguiente, postrado llorando de emoción y agradecimiento porque había experimentado por primera vez la ternura de Dios Padre y que todos sus pecados habían sido realmente perdonados, convirtiéndose poco a poco (hasta su muerte no hace mucho) en el santo que todos sus amigos llegamos a admirar.

            Querido lector, esta experiencia es también para vos y está al alcance de tus manos. Abríte al Señor, ENTREGALE TODA TU VIDA, abandonáte humildemente en Él, que es la disposición adecuada y una actitud ideal para los que desean que el Señor los toque, los sane, los salve.

            Escuchá lo que al respecto, literalmente y ahorita te está diciendo el Papa Francisco en su última Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos.”

            (En esta columna nunca les contaré mis propias experiencias para que nadie me confunda con lo que definitivamente no soy: ni sabio ni mucho menos santo).

Lo Único Importante

Reflexión Semanal nº 2

         Al entrar a la iglesia de “El Carmen”  hace unos días para asistir a una Eucaristía que se celebraba por una parienta mía recientemente fallecida, me encontré con mi primo “Manolo” Cardenal (a quien no había visto desde hacía varios años) y con quien entablé una conversación muy interesante antes de que comenzara la Misa. Lo que me dijo me dejó reflexionando profundamente por varios días por lo que ahora quiero compartirlo con ustedes mis lectores.

            Al preguntarle a Manolo si seguía en su apostolado al que había dedicado su vida ayudando a los alcohólicos, drogadictos y depresivos, me contestó que continuaba en ello atendiendo a varios centros de ayuda, en especial en los lugares donde estos desdichados más abundaban, como era el mercado Oriental. Me dijo que ahora ahí había fundado dos centros que él personalmente coordinaba y me explicó que el más concurrido de ellos tenía el divertido nombre de “El Grupo de la Tomatera” el cual sesionaba todos los miércoles al medio día de 12 a 1 pm. ofreciendo siempre al final un almuerzo de cortesía para todos los asistentes. Agregó que no solicitaban ninguna contribución económica y que cualquiera era bienvenido (no me dijo cómo financiaba esos gastos). También me contó que el Señor Jesús confirmaba constantemente su llamado a ese apostolado con toda clase de prodigios, como el volver -en un instante- totalmente sobrios a picaditos que asistía absolutamente borrachos al momento de orar por ellos.

            Conmovido y admirando su santidad exclamé: “Vos escogiste la mejor parte de la vida entregándote a los más necesitados como Santa Teresa de Calcuta y su orden religiosa” y continué: “Vos estás haciendo lo más importante de la vida, amando de esa manera heroica al prójimo.” Y él me contestó de inmediato: “No lo más importante sino Lo UNICO importante. En eso comenzó la Misa y ya no tuvimos oportunidad de platicar más, pero esas sus últimas palabras me llegaron muy hondo. Y ya después, en mi casa, comprendí que en el mundo hay una gran confusión en eso del amor al prójimo, y deseo hoy exponerles la situación.

            Ahora la mayoría de la gente cree que muchísimos de los desórdenes sociales y los problemas emocionales de las personas se deben a la falta de amor en el mundo. Pero el verdadero problema no es tanto la falta de amor –que sí  hay falta de amor-, sino la forma en cómo los hombres entienden y expresan el amor en nuestros días. Entre el amor cristiano al prójimo y la concepción de amor que prevalece en el mundo son conceptos muy diferentes y los cristianos debemos aprender a distinguirlos, porque muchos de ellos son falsos y sólo uno es el verdadero. Para la gente de hoy el amor consiste en un sentimiento (atracción, afecto, ternura, cariño o enamoramiento) más que una acción, un compromiso. En la Biblia las emociones son de gran ayuda pero no son la realidad central del amor. El amor cristiano se encarna en las relaciones personales, basadas en un compromiso que se expresa en el interés, atención, cuido y servicio hacia las demás personas. El amor cristiano ante todo se refiere a la voluntad y a la forma de actuar.

            Un cristiano no necesita esperar hasta que sienta una "hemorragia" emocional para amar a sus compañeros de trabajo, a los vecinos, a los miembros de su familia o a los picaditos de Manolo. Está en su decisión el ser amable y servicial con ellos.

Dando es como se Recibe

Reflexión Semanal nº 3

           Llamé por teléfono a mi primo Manolo Cardenal después de escribir “La Reflexión” de la semana pasada (en la que describía la admirable labor que él realizaba a favor de los alcohólicos, drogadictos y depresivos) a fin de que –ya que me refería a él en ese artículo- me autorizara su publicación en LA PRENSA. Y confieso que lo hizo a regañadientes, porque –según él- yo no había sido totalmente exacto sobre su trabajo. Me dijo que primero él no era santo y segundo que su apostolado no podía considerarlo como “heroico” porque la retribución que recibía por realizarlo era de un gozo tal, que la alegría que le producía eliminaba completamente todo posible sacrificio.

            ¡Y qué curioso! Una vez más, unas pequeñas frases de mi primo, bastaron para volverme a hacer meditar sobre la vida, sobre el amor, y que “dando es como se recibe” porque fuimos hechos así, aunque nos parezca contradictorio a nuestra tendencia natural egoísta y ego centrista. Pero es que hay que admitir que fuimos hechos para el amor que es entrega, y que fue el pecado (de nuestros padres y de nosotros mismos) el que trajo al mundo el egoísmo y puso en nuestra naturaleza caída esa tendencia que –para ser lo más realistas posibles- deberíamos considerar como antinatural.

            Tan fuimos hechos para amar, para entregarnos, que entre más nos centremos en nosotros, nuestros caprichos (y hasta nuestras necesidades) y más nos alejemos de los demás (y de sus padecimientos), nos volvemos cada vez más desgraciados y -en extremos- llegamos hasta enfermarnos. Al egoísta no lo quieren ni las personas más cercanas a él. En cambio, las personas más felices que he conocido en mi vida han sido los más santos, los que se entregan al amor verdadero, al servicio sacrificado de los demás. Fíjense que esto es así hasta en el amor sexual. El que llega a la intimidad conyugal anteponiendo a su propio goce, el de producir el mayor placer al otro, goza infinitamente más que el que solo llega pensando en obtener -él mismo- la mayor satisfacción posible.

            Y aunque me aleje un poco del tema del amor al prójimo, el haberme referido al amor conyugal me ha hecho pensar en tantas parejas que han perdido la ilusión en su relación. A ellas esta otra reflexión extraída del extraordinario libro Desde la Otra Orilla del sacerdote Martin Descalzo:

            “El verdadero amor –aunque el romanticismo nos haya enseñado otra cosa- normalmente no se expresa por grandes gestos, por sacrificios heroicos, espectaculares, sino por la pequeña ternura llena de imaginación, a lo que llamamos “los detalles”. Por eso a mí lo que más me preocupa es cuando una mujer me dice que su esposo “no tiene nunca un detalle”. Eso significa que ese matrimonio o esa pareja está siendo invadida por la rutina y el aburrimiento, que es lo que más frecuentemente termina con el amor. Por eso termino diciéndoles a esos esposos: ¡pónganse las pilas y conviértanse en detallistas!

Amar no es Negociar

Reflexión Semanal nº 4

                      Siguiendo con la reflexión de la semana pasada y aterrizando al amor de pareja, quisiera contarles la estrategia que mi esposa y este servidor hemos usado para ayudarle a personas que se han acercado a nosotros buscando auxilio para restaurar unas relaciones  de pareja en ruinas. Nuestra estrategia ha sido siempre la misma porque hemos constatado que muchos de los que humildemente se han apegado a nuestras indicaciones han triunfado en su objetivo.

                No ponemos mucha atención a las acusaciones mutuas (las que curiosamente siempre son muy parecidas en todas las parejas) y cuando se han cansado de presentarnos cada quien su enorme lista de agravios, les hablamos por separado y les hacemos siempre la pregunta de: “¿Qué estás dispuesto (o dispuesta) a hacer para salvar tu matrimonio (por tus hijos, por el romanticismo pasado, etc.)?” y siempre ineludiblemente nos contestan que “TODO.” Entonces nos apoyamos en esa declaración para pedirles que por un tiempo muy limitado (una semana no más) solo sirvan a su cónyuge, haga este lo que haga. Y lo mismo le pedimos al otro.
            Rechazamos siempre y tajantemente la respuesta de ellos asegurándonos que están dispuestos a sacrificarse en la medida en que el otro se sacrifique y cambie en lo que supuestamente debe cambiar. Es decir, una negociación: “yo cambio si vos cambiás.” Pero nosotros no cedemos ni un ápice en nuestra postura y hasta les decimos que si no están dispuestos a experimentar nuestra fórmula, que busquen a otra persona, porque nosotros no podemos ayudarles por más que digan que están dispuestos a todo por la salvación del matrimonio. Al cabo de una semana de haber aceptado darle una probada a nuestra fórmula nos volvemos a reunir y programamos otra semana, y así hasta constatar que el servirse generosa, incondicional y desinteresadamente se ha vuelto en ellos una costumbre más o menos espontánea. Y hemos verificado que cuando uno se decide y se compromete a amar a otras personas, a pesar de que al principio no experimentemos ningún sentimiento afectuoso hacia ellas, al poco tiempo el cariño y el afecto saldrán en ayuda de nuestro amor.

            Sobre el amor existe otra fuente de confusión que quiero señalar. Hay una tendencia moderna de no tomar en cuenta las diferentes relaciones que existen entre las personas. Mucha gente piensa que el amor debe ser expresado de la misma manera en cualquier tipo de relación.

            La Biblia aborda el amor y las relaciones de una manera completamente diferente: Una apropiada expresión del amor cristiano difiere de acuerdo con el sexo, la edad, posición de autoridad, el puesto en la familia, etc. Así por ejemplo, dice la Escritura que un padre que ama a su hijo debe disciplinarlo con la vara cuando comete una falta grave; pero no debe hacerlo de la misma manera con su esposa o con un empleado. Un niño que ama a su padre debe reverenciarlo y obedecerle siempre; pero no a su compañero de juegos, por mucho cariño que le tenga.

            Hay muchas otras sugerencias útiles que recomendar, pero que en esta ocasión me lo impide referirme a ellas por falta de disponibilidad de espacio.

            Si usted -querido lector- está pasando por una crisis conyugal relacional, pónganse en manos del Señor Jesús, practique nuestra fórmula y vuélvase “detallista,” o busque a un especialista reconocido. Si esto último no le resulta, como dicen los anuncios: que le devuelvan su dinero.

¿Quién gana más, el que perdona o el perdonado?

Reflexión Semanal nº 5

                     Los resentimientos, rencores y odios son sentimientos tan generalizados en nuestro pueblo que ya los considera como naturales, inofensivos y legítimamente experimentables, porque el que los siente generalmente no es el agresor del hecho que ha producido esos sentimientos, sino más bien la víctima de injusticias y daños causados por otros. Además creen que esos sentimientos no tienen consecuencias negativas para ellos, e inclusive, sienten cierto placer masoquista en alimentarlos y en no perdonar a sus agresores.

                Sin embargo, la realidad es que es urgente y vitalmente importante ser dóciles al mandato de Jesús de perdonar setenta veces siete, y que si no lo hacemos él no nos perdonará el último día (Mateo 6,12; 6:14; 18,21-22; 18,23-25; 1 Juan 4,20; Marcos 12,31 y Lucas 6,27).

            Sin embargo no es tanto para ser virtuosos que debemos perdonar. Hoy en día los psiquiatras dicen que muchísimos de los problemas emocio­nales nos vienen de los sentimientos de culpa y de los resentimientos. Y que en un grado alto la salud física depende de nuestra salud interna. Es decir que la salud interna y física es afectada por los resentimien­tos.

            Entonces no es solamente para ser buena gente que debemos perdonar, sino para nuestro bienestar físico y emocional, porque el guardar rencor es como almacenar un veneno que nos “enchicha” y nos destruye. Se envenena el alma, y eso nos lleva a la autodes­trucción. Por lo tanto, el perdón no es una virtud, es más bien una defensa, porque el perdón es un antídoto (la contra) para el veneno del resentimiento.

            En segundo lugar, no es para el bien del otro. ¿Quién sufre más, el que odia o el que es odiado? ¡Es evidente que el que odia! El que odia sufre, mientras el otro, a lo mejor ni cuenta se da. Aparecen entonces las jaquecas, la colitis, la úlcera, la neurosis, el infarto y otros muchos males. No es pues, para el bien del otro, porque entre más te ofende, menos le interesa tu perdón sino que a lo mejor está logrando, precisamente, lo que deseaba, amargarte la vida. El resentimiento, a quien destruye, es al resentido.

            Ustedes pueden pensar: "pero, es que yo puedo hacer algo que le haga daño". Sí, es cierto, podes hacerle daño, pero mientras tanto, te lo estás haciendo a vos mismo y a personas inocentes que nunca te hicieron daño, por eso es que "La venganza del cristiano es el perdón."

            En tercer lugar, no es para quedar bien con Dios. A él no le haces ningún favor, sino que, el que perdona se hace el bien a sí mismo. En realidad lo que él desea, es que la gente sea libre, para que podamos disfrutar del cielo que comienza aquí.

            El perdonar es para ser felices con nosotros mismos, con los demás y con Dios que solo quiere tu bien. Hoy está de "moda el amor", pero los cristianos no hemos puesto de moda el amor al enemigo. El enemigo es el que te hizo daño. Amar es también perdonar. El perdón es una manifestación del amor y, como el amor es primero una actitud y luego un sentimiento, entonces hay que cambiar de actitud hacia la persona. Decidir amarlo, como si nunca nos hubiera ofendido. Pero como esto generalmente es muy difícil, debemos pedirle a Dios que nos ayude a lograrlo, y él definitivamente lo hará. ¡Me consta!

El Machismo

Reflexión Semanal nº 6

               Una reciente encuesta nicaragüense de Demografía y Salud del Instituto Nacional de Información, arrojó que el 37% de las mujeres nicas han sufrido violencia verbal y un 20% violencia física. Sin embargo, una más reciente de la Universidad Nacional de Nicaragua que acaba de divulgar LA PRENSA, reveló que un millón de mujeres sufren violencia en este país. Según ese estudio, 7 de cada 10 mujeres son maltratadas por su pareja, y esto es una monstruosidad que revela que somos una sociedad sumamente enferma. Pero lo peor es que yo sospecho que el problema es mucho mayor, porque la mayoría de las mujeres no reportan su propia situación, ya sea por temor a mayor violencia de los hombres y por temor a perder su precaria seguridad económica.

            Sin embargo, esta terrible violencia es solo una manifestación –extrema, es verdad- pero solo una manifestación del machismo enraizado en nuestra sociedad. La irresponsabilidad masculina es quizás otra manifestación todavía más generalizada del machismo nicaragüense. Me refiero a su ausentismo y total despreocupación de las necesidades de su hogar. En muchísimas familias, el hombre solo llega a la casa a pegar cuatro gritos sin aportar casi nada de su salario para los gastos. Abandona el hogar para fundar otro en otra parte con otra mujer después de llenar el hogar anterior de hijos que nunca va a volver a ver y menos ocuparse de su educación y de todas sus demás necesidades.

            Los hijos rechazan su comportamiento y resienten su machismo, pero muy pronto, en la medida en que van creciendo, los hijos varones van asumiendo ese mismo odiado patrón de conducta, porque precisamente muchas veces la víctima –la misma madre- se ocupa de ir trasmitiendo de generación en generación ese comportamiento. ¡La propia mujer! desde chiquitos les dan un trato preferencial a los varones, hacen que sus hermanitas les sirvan como a seres superiores, les permiten muchos desmanes y los dispensan de casi todos los oficios del hogar.

            Y esta injusticia a la mujer, extendida a otras muchas discriminaciones de siglos ha producido como reacción contraria, otro extremo también nefasto: el feminismo radical.

            Sin embargo, no conviene generalizar. Hay muchos matices de feminismo, desde los que iniciaron a mediados del siglo pasado su legítimo movimiento a favor de una igualdad de las mujeres con los hombres en cuanto a justicia salarial, política y de oportunidades, hasta lo que tenemos ahora, en que ideologías más agresivas y extremistas, como ¨la de género¨ progresivamente han venido suplantando a las originales con una tendencia declarada –no de justicia, sino de odio hacia los hombres, y que su meta ya no es la de igualarse a los hombres, sino la de suplantarlo totalmente en sus roles tradicionales por ¨inadecuados e inútiles¨. Curiosamente odian –además de a los hombres- a las mujeres femeninas a quienes consideran traidoras.

            Parece mentira, pero una buena parte de los legisladores y formadores de la opinión pública, los periodistas del mundo occidental, ya han sido seducidos por esa nueva ideología del feminismo en su forma más radical. Cuentan además de cuantiosos recursos financieros de instituciones de prestigio mundial e instituciones multinacionales del más alto nivel, a pesar de lo disparatado de esa ideología “de género” que sostiene que los hombres y las mujeres son totalmente iguales.

            Este es un tema que merece extenderme un poco más debido a su importancia, y porque sus consecuencias ya nos están llegando a Nicaragua, por lo que en “La Reflexión”  de la próxima semana seguiré refiriéndome a ella.

El Feminismo

Reflexión Semanal nº 7

            Las feministas radicales sostienen que el género (el sexo) es un producto social, argumentando que una mujer es mujer porque se viste con faldas y porque cuando estaba chiquita le daban muñecas para jugar, y que el hombre es hombre porque lo vistieron con pantalones y le dieron un carrito de juguete en vez de una muñeca. Por eso es que ahora en ciertos países de Europa los catálogos de juguetes deben presentar a niños jugando con muñecas y a muchachas con pistolas y rifles.

            Los hombres y las mujeres no sólo son diferentes en el nivel genital y físico, sino que también difieren en casi todas las formas en que se relacionan. Tienen diferentes habilidades comunicativas y diferentes reacciones emocionales. Sin embargo, el hecho de que seamos diferentes no significa que uno es mejor que el otro. En realidad, la propia existencia de la humanidad depende de esas diferencias que realmente son complementarias y son parte de la riqueza y designio de la humanidad.

            Este debate tuvo un clímax cuando recientemente en otro país de Europa se votó por un nuevo Primer Ministro y su gabinete tenía una sola mujer.

            Estemos claros que nunca ha habido justicia en este asunto, pero antes se trataba de darle su lugar a las mujeres en algunas áreas que ya no se les da. Por ejemplo, en el hundimiento del Titanic en 1912 murieron 1450 personas, solo 103 fueron mujeres. Comparémoslo con el hundimiento del Costa Concordia de hace poco, allí murieron tanto hombres como mujeres y niños. Y es que en muchos lugares –como en ese barco- ya no hay políticas de preferencia a mujeres y niños.

            En nuestra propia Nicaragua, en donde podríamos pensar que todo eso todavía no nos afecta, sepan que hace unos pocos meses se acaba de aprobar en nuestra Asamblea Nacional una reforma a la ley 779 con muchos capítulos positivos pero algunos otros producto de esa ideología de género, en la que se sustituyó una ley vergonzosamente machista  por otra claramente feminista radical, con consecuencias lamentables. Hasta nosotros ya han comenzado a llegar injusticias tremendas de las mujeres para con los hombres. La última me la contó un amigo. Me informó que la esposa de un taxista de Masaya le contó que una mujer que su esposo recogió en su carro durante su recorrido como taxista, le exigió le entregara todo el dinero reunido en el día. Y al negarse este, la mujer lo fue a denunciar a la estación de policía argumentando que la había querido violar. Por ser mujer la denunciante lo echaron preso sin apelación alguna. La pobre esposa del taxista llevaba ya varios días gastando sus ahorritos tratando de sacarlo de la cárcel. 

            Y ahora lo que están pretendiendo es que también aquí se instalen las tales cuotas de trabajo: 50% hombres y 50% mujeres. ¿Se imaginan ustedes que en Corinto despidan al 50% de estibadores y pongan en vez de ellos a mujeres? ¿O que en la Zona Franca corran a muchas mujeres para que haya igualdad de género? siendo un hecho reconocido internacionalmente que nuestras mujeres tienen una extraordinaria habilidad visual y manual que carecen los hombres, como recientemente lo reconoció el inversionista Masayuki Yamaguchi de la fábrica de arneses y partes automotrices, quien aumentará en breve 1,700 puestos de trabajo en sus empresas de Nicaragua por esa su calidad en la mano de obra femenina.

 

Dios no me Hace Caso

Reflexión Semanal nº 8

               Con alguna frecuencia me he encontrado con personas resentidas -y hasta odiando a Dios- porque no les había defendido en desgracias ocurridas. Se sentían estafadas. ¿No les aseguraron que Dios protegía y amaba a los buenos? ¿No les habían contado mil veces que la oración todo lo puede? ¿Por qué Dios se había vuelto sordo ante sus gritos cuando clamaban en sus angustias? Y las promesas que algunos le daban de que en la otra vida se reunirían con sus seres queridos ¿no eran un cuento más para manipularlas? Porque lo que más bien esas tales esperanzas del más allá les confirmaban que detrás no había nada, de que todo era una gigantesca mentira de los curas, y de que les habían engañado desde que nacieron.

            En tales ocasiones es muy difícil reconfortar y trasmitir la paz. A veces en esas circunstancias el tratar de consolar con esos razonamientos es invitar a una segura explosión de furia y amargura. Uno quisiera tener la oportunidad de aclararles que tal vez la educación que les dieron y el evangelio que practicaban no eran, en realidad, un verdadero cristianismo, sino una variante de religiosidad egoísta y piadosa. Que tenían razón de creer que ese dios que les enseñaron no existía. Que ese dios hecho para hacerlas felices y no que ellas deberían de servir no existía. Que ese dios «bueno» en la medida en que les concedía lo que ellas deseaban y que dejaba de serlo cuando señalaba otro camino, un camino más cuesta arriba o estrecho, no existía. Me hubiera gustado aclararles que es cierto que la oración concede todo lo que se pide, siempre que le pidamos a Dios que nos conceda lo que El sabe que realmente necesitamos y que nos conviene, y que la gran oración no es la que logra que Dios quiera lo que yo quiero, sino que yo logre llegar a querer lo que él quiere.

            Amar a Dios porque nos resulta rentable es confundirlo con un buen negocio.

            La fe en Dios, su amor, la confianza en él son cosas bastante diferentes de lo que mucha gente cristiana piensa. Los verdaderos santos, como los auténticos amantes, viven el amor, pero sin pasarse la vida preguntándose cómo se lo iban a agradecer.

            Jesús nunca prometió que nada malo nos pasaría si nos convertíamos a él. Más bien lo que dijo fue que el que quisiera seguirle tomara su cruz. La única cosa evidente que él nos aseguró fue la cruz.

            Él sanaba y hacía –y hace-- toda clase de milagros y prodigios porque se conmueve y se apiada de nuestros sufrimientos, pero estos los hace principalmente como un signo de que su reino ha llegado, de que él es Dios y puede revertir la naturaleza humana porque él la hizo, pero en cuanto a la cruz, él la padeció primero y murió para resucitar, para que nosotros resucitemos también con él. Su concepción del dolor y de la muerte es distinta a la nuestra y si queremos ser realistas y conocer la verdad –aunque a veces no la entendamos-- debemos con humildad aceptar su verdad abandonando toda arrogancia espiritual.

            Ser cristiano es aceptar cosas como éstas, disparates y locuras (para la lógica humana) como éstas, y saber que la hora de la oscuridad es la mejor hora para verle. Aceptar que un dolor, por espantoso que sea, puede ser el momento verdadero en que tenemos que demostrar si amamos a Dios o solo queremos utilizarle.

 

La "lógica" de lo ilógico

Reflexión Semanal nº 9

             --¡Es que todo el mundo lo hace!

            ¿Cuántas veces no hemos oído esa bendita frasecita? Siempre que les prohibimos algo o les negamos un permiso a nuestros hijos nos salen con esa cancioncita. Y estoy seguro que -si somos padres responsables- esa respuesta no hará variar nuestra decisión original, porque sabemos que el que muchos hagan una cosa no la convierte en correcta, segura o conveniente.

            Pero lo curioso es que ese  mismo raciocinio –propio de los niños- ahora lo estén esgrimiendo muchos adultos, y peor aún, los rectores de nuestra cultura contemporánea (muchos destacados intelectuales y líderes políticos) y con esa premisa legislan sobre los problemas actuales.

            ¿Qué pensarían ustedes si al observar la cada vez mayor corrupción de nuestra sociedad a todo nivel (los niños que se copian en los exámenes, los conductores que dan mordidas a los policías del tráfico, los empresarios que sobornan a los ministros, los ministros que aceptan los sobornos, los presidentes que se reeligen torciendo la Constitución o que cometen fraude al contar los votos, etc.) cambiamos las leyes por otras que digan que ya que “todo el mundo lo hace” ya que todo el mundo (o casi todo) es corrupto o ladrón, de ahora en adelante la corrupción es legal y legítima. Que ya que todo el mundo anda golpeando a sus esposas, de ahora en adelante este delito deja de serlo y se convierte en legal golpear a las mujeres. Que si los hombres son adúlteros, el adulterio es correcto. Y así sucesivamente con todas las debilidades de nuestros conciudadanos.

            Si esto sucediera en este país, tendríamos que emigrar de él porque sería invivible.

            Pues bien, eso ya está pasando aquí y en muchos otros países del mundo, especialmente en los más desarrollados.

            Como casi todos los adolescentes y  jóvenes ahora tienen sexo antes de casarse, en vez de buscar cómo educarlos en la abstinencia, en el respeto de sus cuerpos, en preservarse para el matrimonio, alcahuetamente tratamos de dispensarles en lo posible las consecuencias indeseables, ofreciéndoles los anticonceptivos. Y si esto falla, el aborto. Y hablando del aborto, el asesinato de los niños no-nacidos, cada vez en más lugares este crimen se ha convertido en legal y algunos gobiernos han comenzado a quitarles los subsidios (producto de los impuestos de todos) a las instituciones de salud privadas que se niegan a practicar el aborto, y obligarlas a despedir a los médicos que se nieguen a ser parte de ese genocidio, el más grande de la historia humana. Y todo con la excusa de defender los “derechos” de la mujer (?) como si la mitad de los niños asesinados no fueran niñas.

            Yo supe de una mujer que acusaron de asesinato porque mató a su bebé recién nacido tirándolo a una letrina, pero si lo hubiera matado unos minutos antes de nacer, el Estado le hubiera hasta dado dinero para financiarle el aborto. En unos minutos de diferencia se hubiera convertido, en vez de asesina, en una ciudadana honorable.

            ¡Cuánto disparate! Esa clase de “lógica” yo la llamaría infantilismo, si no fuera por las trágicas consecuencias que conlleva, y peor aún, nos puede terminar llevando, si no detenemos su tendencia expansiva.

            Una cosa positiva de este gobierno es que ha resistido con firmeza todas las presiones y amenazas que constantemente recibe de instituciones políticas y crediticias internacionales; de organizaciones feministas de la sociedad civil; y de médicos mercantilistas y anti-éticos  que exigen legalizar el mal llamado aborto terapéutico.

 

La Chupeta

Reflexión Semanal nº 10

            Continuando con los jóvenes y el sexo, me he tomado la libertado de copiarle a ustedes esta semana algunos párrafos del libro “Desde la Otra Orilla” de Martin Descalzo, que me parecen estupendos. Espero les guste.

            “Cuando estos días veo la famosa campaña publicitaria de los preservativos no puedo menos de acordarme de la vieja chupeta, que fue la panacea universal de nuestra infancia. ¿Que el niño tenía hambre porque su madre se había retrasado o despistado? Pues ahí estaba la chupeta salvadora para engatusar al pequeño y pararle el berrinche. ¿Que el niño tenía mojado el…? Pues chupeta al canto. No se resolvían los problemas, pero al menos por unos minutos se tranquilizaba al pequeño.”

            “Era la educación “evita – riesgos”. Porque no se trataba, claro, sólo de la chupeta. Era un modo cómodo de entender la tarea educativa. Su meta no era formar hombres, sino tratar de retrasar o evitar los problemas. Y así nos educaban en una refrigeradora, bastante fuera de la realidad. Con lo que hicieron doblemente dura nuestra juventud o nuestra primera hombría, obligándonos a resolver, entonces, lo que debió quedar iluminado o resuelto en las curvas de nuestra adolescencia.”

            “Ocultar el dolor puede ser una salida cómoda para el educador y también para el educando, pero a la larga, siempre es una salida negativa. Los tubos de escape no son educación.

Y esto me parece que estamos haciendo ahora con la educación sexual de los jóvenes.

            Después de muchos años de hablar del déficit educativo en ese campo, salimos ahora diciendo la verdad: que la única educación del sexo que se nos ocurre es evitar las consecuencias de su uso desordenado.”

            “Si fuéramos verdaderamente sinceros, en estos días presentaríamos así la campaña de los anticonceptivos: saldría en pantalla el ministro o la ministra del ramo y diría: «Queridos jóvenes: como estamos convencidos de que todos ustedes son unos cobardes, incapaces de controlar sus propios cuerpos; como, además, estamos convencidos de que ni nosotros ni todos los educadores juntos seremos capaces de formarlos en este terreno, hemos pensado que ya que no se nos ocurre nada positivo que hacer en ese campo, lo que sí podemos es darles un tubo de escape para que puedan usar de sus cuerpos, ya que no con dignidad, al menos sin demasiados riesgos.”

            “Efectivamente: no hay, mayor confesión de fracaso de la educación que esta campaña de darles nuevas chupetas a los jóvenes.”

                Y yo agregaría que no solo en el campo sexual estamos dándoles chupetas a los jóvenes. Abundan los casos en que un padre mima y le da a sus hijos todo lo que estos le pidan con la excusa de que no quieren que padezcan la carencia que ellos sufrieron cuando niños. Curioso, que esas carencias fueron precisamente las que en muchos aspectos los hicieron hombres (o mujeres) fuertes y de valía, que les hicieron poder luchar con tenacidad, constancia y sacrificio por lo que aspiraban en la vida, pero que ahora, por conseguirles todas esas cosas no les dan lo que realmente ellos necesitan, lo que más les va a servir para su estabilidad emocional y seguridad en ellos mismos, que es su presencia en el hogar, su compañerismo y su tiempo. Si no, pregúntenle a ellos que es lo que más quisieran y verán que es a ellos mismos a quienes quisieran, a tener un padre (y ahora cada vez en mayor grado que también las mujeres tienen que trabajar fuera del hogar, el tener una madre).

 

La Declaración de Amor

Reflexión Semanal nº 11

           Se acercaban los días de vacaciones de Semana Santa y el capellán del colegio,  padre Walter Lacayo, acababa de oficiar su Misa de ese día para los alumnos del penúltimo año de bachillerato,  y anticipando la conmemoración de la pasión de Cristo había preparado con gran esmero su homilía para producir el mayor impacto posible en la sensibilidad de esos muchachos que sabía que en ese momento solo estaban pensando en cómo se iban a divertir en las vacaciones.

            Algo han de haber producido sus palabras en ellos porque de eso estaba hablando un buen grupo en el recreo que siguió a la Misa. De tal manera que cuando por casualidad pasé por ahí  me llamaron para comentar lo que el padre les había predicado. Los sentí más curiosos que impactados por el sufrimiento de Cristo, pero algo es algo, -pensé.

            La discusión estaba centrada en la pregunta que muchos andaban en la cabeza y era de porqué Cristo -siendo Dios todo poderoso- había optado por semejante muerte para redimirnos y salvarnos en vez de otra salida más fácil, sin sufrimientos y menos complicada.

            Esta interrogante puede que ande también rondando en la cabeza a algunos de ustedes mis lectores y por eso les voy a hacer la pregunta que entonces les hice a esos muchachos y que me parece les aclaró e impresionó positivamente.

            La pregunta es la siguiente: ¿Qué contestarían ustedes si la persona que más quieren -una mamá, una novia, etc.- les preguntara que cual sería el gesto más evidente que le demostrara a él o ella que la amaban como la amaban? Y ellos fueron -uno a uno- enumerando tremendas muestras de sacrificios y heroísmos. Y uno que otro generosamente mencionó inclusive estar dispuesto a morir por la persona querida. Entonces yo les dije que posiblemente Dios se enfrentó con esa misma interrogante: ¿Cómo les demostramos a los hombres (a cada hombre) que lo amamos con locura de una forma inconcebible? ¿Qué hacemos para convencerlos de nuestro amor?:

            Y la respuesta ineludible ha de haber sido la de los muchachos: MORIR por el amado. Y así lo hizo Jesús a pesar de ser Dios y poder redimirnos de otra manera.

            Y después de comentar los muchachos ese gesto se fueron llenando de admiración y concluyeron que no existía una declaración de amor más contundente que esa, la de morir por los demás.

            Y se me viene a la memoria lo que decía el santo Cura de Ars (patrono de todos los sacerdotes) que “lo que nadie imaginó, planeó y ni siquiera se hubiera atrevido a pedir, Dios lo imaginó, lo planeó y lo ejecutó por amor a nosotros.”       

            Supongo que ha de haber muchas otras razones teológicas que llevaron a Dios a tomar semejante decisión, pero yo –como el cura de Ars- me atengo a las propias palabras del mismo Cristo cuando pensando en su pasión dijo: “ Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

¿Es la Religión cosa de Mujeres?

Reflexión Semanal nº 12

           He venido notando (cada vez con más frecuencia) que cuando se habla de religión, algunas personas -especialmente jóvenes- responden con un total desinterés, catalogándola con desden como “cosa de mujeres… o de viejas.” Talvez esa apreciación de una Iglesia feminizada tenga que ver con el hecho de que muchas de nuestras parroquias, es verdad que están llenas de fieles, pero de mujeres… y de la tercera edad. Y esto seguramente sucede porque por la ausencia en el hogar de los padres (producto de nuestro machismo) les ha tocado a las mujeres -nuestras madres- trasmitirnos desde chiquitos su religiosidad. ¿Y cómo lo hacen? Como mujeres que son, de forma femenina (una fe muy emocional; misas de madrugada; rezos monótonos e interminables, peticiones de las que rara vez ven respuesta; procesiones diarias en Semana Santa; una Novena para cada santo; entre otras muchas devociones y tradiciones populares, que estoy seguro son de mucho provecho para las que las practican). Pero, por supuesto, cuando se llega a la adolescencia (especialmente los varones) se revelan por no identificarse con esa religiosidad y se alejan de lo religioso, por “aburrido” e “irrelevante.”

         Y es que hay que reconocer que nuestras mujeres son más buenas, más sensibles y receptivas a lo religioso que los hombres, y son movidas mucho más por el amor que nosotros. Nuestros jóvenes tienen muchísimos modelos de santidad femenina cercana a la que emular, pero casi cero de modelos masculinos.

          Y eso me lleva a la conclusión siguiente: Debemos atraer a los hombres, atraerlos con una predicación más masculina y viril de lo que frecuentemente se hace. Convencerlos de que por el contrario, el cristianismo es más bien cosa de hombres, de muy hombres (y de mujeres muy mujeres): Ser un auténtico cristiano es de héroes, es dar la vida por lo que se cree (como literalmente lo están haciendo en estos momentos los nuevos mártires cristianos de Siria y países vecinos ocupados por musulmanes terroristas). Es ser otros Cristos (el hombre más hombre que conozco). Y es que es más fácil devolver la trompada que poner la otra mejilla; es más fácil planear la venganza que perdonar y amar al enemigo. Es más fácil beberse en guaro el salario con los amigos que destinarlo desinteresada y responsablemente a las necesidades de la familia.

         Oí hace un tiempo el caso de una famosa artista de Hollywood que en uno de tantos conflictos bélicos en el oriente, llegó a animar a los soldados norteamericanos, y al llegar a un hospital donde habían colocado a los heridos, tuvo que pasar por un pabellón de leprosos locales y encontró en una sala del leprocomio a una monjita que con gran amor y delicadeza limpiaba las llagas putrefactas de uno de esos desdichados, y la artista exclamó con repulsión: “Yo no haría eso ni por un millón de dólares.” Y la monjita (que sabía Ingles) le contesto: “Neither than I” “¡Ni yo tampoco!” Si para alguno todo esto no es cosa de hombres muy hombres y de mujeres muy mujeres ¡que trate de ser santo y me cuente un cuento!

         Mi modesta sugerencia a mis amigos párrocos: Prioricen en sus homilías y en su evangelización a los hombres, principalmente a los jóvenes varones y pónganlos en posiciones de liderazgo. Me consta que si las acaparan las señoras, ahuyentan a los señores. Si las dominan los hombres, atraerán a las mujeres.   

El Gran Fracaso

Reflexión Semanal nº 13

        Si yo les preguntara a ustedes: ¿Cuál ha sido el mayor fracaso de sus vidas? Tal vez unos tendrían problemas y diría que no lo encuentran porque sus vidas ha sido sólo un éxito. Y sin embargo hay algo en lo que todos hemos fracasado y que es la verdadera causa de todos nuestros demás fracasos. Algo en que han fracasado todos los hombres de todos los tiempos (excepto uno), que es el gran fracaso de la humanidad entera y el causante de que el mundo está como está. No se extrañen cuando les diga cual es, porque la palabra que voy a usar, casi nadie la entiende. Ha perdido su sentido verdadero. El fracaso más grande de la humanidad y el de cada uno de nosotros ha sido EL PECADO.

            Lo van a entender cuando les explique por qué, y cuando les explique el verdadero sentido de la palabra “pecado“

            Para nosotros tenemos éxito cuando logramos ser lo que verdaderamente queríamos ser. Si yo no logro ser lo que en un momento dado decidí ser, se puede decir que he fracasado.    Pero hay un fracaso mucho más grande que el no llegar a ser lo que queremos, y es el no llegar a ser lo que Dios quiere que seamos.

            La razón de por qué éste es un fracaso más grande, es porque el plan de Dios ha sido mucho mejor y más grande que todo lo que hayamos soñado siquiera. Finalmente, vemos en la Escritura que porque Dios lo amaba con locura, tenía para el hombre un plan perfecto, superior a todo lo que Adán hubiera podía imaginar. Y el plan de Dios era que Adán, es decir el hombre, fuera algún día como Dios; o dicho más exactamente, que el hombre fuera algún día Dios.

            Luego, la Escritura contrasta este plan de Dios con lo que llamamos el pecado del hombre, que no es sino la frustración del Plan de Dios.

            Y es que el hombre fue diseñado para vivir en un paraíso y precisamente porque así fue hecho no puede vivir fuera del paraíso. Entonces, toda la historia del hombre no es más que la historia de una lucha en vano por tener un poco de ese paraíso perdido; todas las leyes que el hombre se inventa, las filosofías, las ideologías, los partidos políticos, las revoluciones, los cambios de estructuras, los sistemas económicos, etcétera..., no son más que los intentos del hombre por reconstruir el paraíso.

            Y una y otra vez, a lo largo de los siglos y milenios, fracasa. Hace millones de leyes y decretos, que en el fondo no son sino leyes para hacer cumplir los diez mandamientos y no logra cumplirlos, porque dentro de ellos hay una ley más fuerte: el pecado que nos lleva al fracaso.

            Yo acabo de releer la historia universal en los 20 enormes volúmenes de Isaac Asimov, quizás el mejor historiador universal de nuestros días (ateo aunque constantemente cita a la Biblia como fuente) y quedé espantado. Desde mucho antes de la Guerra de Troya (en la pre-historia de la humanidad) hasta hoy nuestra historia no ha sido más que una imparable sucesión de guerras, todos contra todos.          

            No sé si ustedes se han preguntado alguna vez quien inventa las guerras y por qué. Nadie quiere las guerras. La guerra es odio, destrucción y muerte. Hasta que se llegó a la I Guerra Mundial que involucró a casi todos los países del mundo en 1914.

De lo que nos Perdemos

Reflexión Semanal nº 14

              La I Guerra Mundial era la guerra que iba a acabar con todas las guerras para siempre. Pero solo veinte años después vino la II Guerra Mundial, mucho más cruel que la primera y que terminó con el estreno de la primera bomba atómica, con una fuerza equivalente a 13 mil toneladas de dinamita.

          Dijeron entonces: “El horror de esta bomba impedirá que haya más guerras en el mundo”. Hasta que otro inventó unas bombas más grandes, de 20 megatones, con una fuerza explosiva equivalente a 20 millones de toneladas de dinamita, que ahora pueden acabar para siempre con el mundo. Si llegara una III Guerra Mundial, nadie duda que estas armas serán empleadas y aún otras peores como las armas biológicas y las químicas. También nos podríamos preguntar, ¿Quién inventó el hambre? No sé si estamos conscientes que en el mundo hay suficientes alimentos para todos, y que sin embargo son millones las personas que mueren de hambre cada año. Pero el hombre prefiere invertir sus recursos en matar.

           El costo de un submarino moderno, equivale al costo de educar a 16 millones de niños durante un año y el costo de un tanque moderno, equivale al costo de 1000 aulas escolares con capacidad para 30.000 niños.

            La guerra contra Irak costó la cantidad de ochenta y cinco mil millones de dólares. Con ese gasto se pueden construir diecisiete millones de unidades habitacionales para personas de escasos recursos, es decir se hubiera solucionado el problema de la vivienda para 85 países como Nicaragua. O se pudieron haber construido 17 mil hospitales. O se pudieron haber construido 7 millones de aulas escolares. Son cifras verdaderamente aterradoras de dinero utilizado para matar y destruir.

            Y el hombre sigue insistiendo en construir un paraíso, pero no cree, no escucha, no acepta la Palabra del Señor que le enseña cual es la verdadera causa detrás de todo el mal en el mundo.

            A la primera guerra mundial siguió Hitler que asesinó a seis millones de judíos y que quiso conquistar el mundo entero en nombre de una Nueva Raza. Y a la segunda Guerra Mundial siguió un Stalin, que asesinó a más de 30 millones de obreros y campesinos rusos en nombre del Sistema que da el Gobierno y el Poder, precisamente a los obreros y campesinos.

            En el otro lado se dijeron en Estados Unidos: “si producimos suficiente alimento, riqueza y comodidades, el mundo va a ser un paraíso”. Acumularon entonces más riqueza y más poder que todos los pueblos de toda la historia juntos; pero no se produjo el hombre nuevo. Siguen coexistiendo ahí la mayor pobreza con la mayor riqueza de la historia.

            Un país en donde se consumen 40 pastillas de Valium por habitante por año. Y no hablo del total de los tranquilizantes, sólo de una marca.

            De esto podríamos hablar horas, pero toda esta explicación no tiene más que un propósito, y es el tratar de que comprendamos POR QUÉ tenía Cristo que venir, y que comprendamos QUÉ es lo que vino a hacer y de qué tenemos que ser salvados.

            Y también nos ha revelado en qué consiste este pecado. En que un día el hombre quiso prescindir de Dios y se separó de él y de la amistad que él le ofreció y que un día quiso ser él quien decidiera lo que es bueno y lo que es malo, en vez de seguir las recomendaciones del Señor. El hombre quiso ser su propio Dios.

¿Es Buena o Mala la Humanidad?

Reflexión Semanal nº 15

            Al leer los periódicos o ver los noticieros de televisión me inclino a creer que la humanidad es más mala que buena y que actualmente el mal en el mundo va ganando la batalla contra el bien, y al escribir mis últimas reflexiones sobre guerras, hambre y pecado, sentía que me confirmaban esa opinión.

        Sin embargo, reflexionando más profundamente me inclino a creer lo contrario, que definitivamente los humanos somos más buenos que malos, a pesar de nuestros egoísmos y pecados; que el amor es bastante más frecuente de lo que nos imaginamos. Y que lo que pasa es que generalmente las cosas buenas no hacen noticia mientras que las malas sí.

      Estaba hace poco en Costa Rica y fui a un centro de salud a visitar a una pariente muy enferma. Me acompañaba en la visita un amigo familiar también de la paciente, y en el camino mi amigo empezó a hablar de la Iglesia, de los escándalos de tantos sacerdotes pederastas encubiertos –por lo menos al principio- por las distintas jerarquías eclesiásticas, etc. etc. Y yo le comentaba que todo eso era cierto, pero que yo conocía otra realidad paralela, mucho más numerosa y radiante, de la que nunca se hablaba y que a diferencia de la realidad que él me comentaba no interesaba porque no hacía noticia. Y también le comentaba que la inmensa mayoría de la maldad notoria en el mundo era producida y manipulada por unas  pocas personas (dictadores enfermos mentales) acompañados por un grupito pequeño de serviles.

      En eso llegamos al centro de salud y mientras caminábamos por sus inmensos pasillos fuimos ambos siendo testigos del ejército de monjitas que se afanaban a toda prisa atendiendo con admirable abnegación a tantos enfermos. Ambos sabíamos que lo hacían por amor y solo por amor, gastando todas sus vidas en una labor de todos los días evidentemente tan desagradable. Habían renunciado libremente a tener familia, privacidad, libertad, sexualidad. ¡Habían renunciado a todo por amor!

        Y yo solo le dije: “¡Esa es mi realidad, la otra realidad!”

        Y mi amigo solo atinó a contestar: “¡Me convenció tu realidad!”

      ¿Comprenden ustedes ahora -y podría contar muchas experiencias más- por qué yo siempre termino creyendo que el hombre es mucho mejor de lo que sospechamos?

       Lo malo es lo de siempre: que los asesinos salen en los periódicos y en la televisión, y el amor, en cambio, frecuentemente es invisible; que si una madre maltrata a su hijo nos damos cuenta todos, y que si cinco millones de madres se sacrifican por ellos, nadie habla de eso.

        Y así acabamos pensando que sólo existe lo que nos cuentan. Pero yo apostaría que si ponemos en el plato de una balanza todos los actos de egoísmo y en el otro los de amor, el fiel se inclinaría hacia estos últimos.

         Y hablando de madres ¿se han percatado ustedes que el amor materno, infinitamente sacrificado y amoroso (que no dudan ni un instante en dar hasta la vida por el hijo si fuese necesario) no es más que un pedacito de la sensibilidad, del amor de Dios regalado a todas ellas? Y como la mitad de la población son mujeres (y casi todas ellas llegan a ser madres) entonces la mitad de la humanidad es capaz de experimentar y de dar gratuitamente semejante amor divino… de ser buenas. Y como muchos de la otra mitad son buenos padres, concluimos entonces que la inmensa mayoría de la humanidad es buena.

Jesús, como Dios que Era, tuvo que Actuar con Perfección

Reflexión Semanal nº 16

Más sobre la declaración de amor de Jesús:

 

           En días pasados publiqué en este mismo lugar una reflexión sobre el por qué Jesús debió haber escogido una muerte tan espantosa para redimirnos, afirmando que debió haberlo hecho para demostrarnos su amor… como su declaración de amor hacia nosotros. Porque como él mismo dijo: “no hay amor más grande que el que da su vida por sus amigos”

           Pues bien, acabo de recibir una meditación muy profunda --y que comparto plenamente-- de mi primo-hermano Jaime Chamorro Cardenal, tan interesante que me parece un deber compartirlo con ustedes mis lectores. Lo que sigue son sus comentarios:

“Siempre he meditado el tema de la redención. ¿Por qué Dios tenía que sufrir tanto?  Por varios pasajes de la Escritura he llegado a la conclusión de que siendo Jesús Dios y Hombre verdadero tuvo muchas tentaciones como hombre para llevar a cabo su misión.”

             “Me explico: si lo hizo así es porque esa era la forma más perfecta de hacerlo y Dios solo puede actuar y ser perfecto.”

                “Paso a demostrar las tentaciones que como hombre tuvo Jesús para no pasar por ese suplicio, pero antes quiero recordar que la crucifixión era y seguramente sigue siendo el suplicio más grande inventado por el hombre. Los romanos lo perfeccionaron a tal punto que se puede decir que no hay otro suplicio mayor en la historia de la humanidad. Jesús en sus primeros 30 años debió haber visto muchos crucificados. Los crucificados morían asfixiados luchando para respirar, levantando su cuerpo en los clavos, lo cual les provocaba un dolor indescriptible (la razón de quebrarles las piernas a los dos ladrones que murieron con el Señor era para que murieran rápido por celebrarse la Pascua el día siguiente). O sea que para Jesús era bien conocido lo que sufriría, y por su naturaleza humana temía ese cáliz amargo, siendo que como Dios con solo revelarse al mundo podía evitar eso y con su poder redimir a la humanidad. Según este pensamiento mío, paso a describir en qué me baso para decir que Jesús tuvo muchas tentaciones en su verdadera naturaleza humana ante este suplicio.”

           “Las tentaciones en el desierto, no son más que tentaciones para proclamarse Dios ante toda la humanidad.  (Ver Mateo 4, 1-11).  Solo cito esto: "Si de veras eres Hijo de Dios tírate abajo (Desde el Templo) que Dios mandará que sus ángeles te cuiden". Finalmente lo llevó a un cerro muy grande y mostrándole todo los países del mundo, le dijo: Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras"...      

            “Yo interpreto esto como la tentación de no pasar por la cruz. Jesús, siempre les decía a sus Apóstoles, que no contaran nada cuando  se revelaba como Dios, como en la Transfiguración. Pero hay otros pasajes más claros que son: Marcos 8,33 y Mateo 16,23, cuando Pedro le dijo que no tenía que sufrir y Jesús le dijo:                  "¡Apártate de mí, Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como la ven los hombres".

          “El último pasaje  es la oración del Monte de los Olivos: "Padre, si quieres líbrame de este trago amargo… pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya:" la voluntad del hombre sino la de Dios”

           “Así pues yo creo que Dios escogió la Cruz, como  lo dices en tu artículo,  por ser el instrumento más perfecto para demostrar su infinito  amor y así llevar a cabo su redención de una manera totalmente perfecta, como solo Dios lo podría haber hecho, pero que fue tentado como hombre para ir por el camino más fácil, me parece que está bien claro.”

Cómo Funciona el Hombre Corriente

Reflexión Semanal nº 17

                     Según las palabras de mi amigo Chale Mántica, un hombre corriente funciona más o menos así: “Primero descubre dentro de sí una multitud de deseos, pasiones, ambiciones e inclinaciones. Buenas y malas. Luego, en algún momento descubre y acepta que existe una cosa que llaman moral, ética o buenas costumbres o ley de Dios, a la que debe subordinar esos deseos e inclinaciones. Si los subordina somos buenos. Y la gente dice: Qué bueno que es Don Fulano.”

                    “Resulta que conforme a esa ley, moral, ética y buenas costumbres algunas de las cosas que le gustaría hacer son  malas y por lo tanto no debe hacerlas. Y si las hace, la gente dice: Ese Don Fulano es un tal por cual.”

                     “Pero resulta que además hay otras cosas que preferiría no hacer, porque le da pereza, porque son aburridas o muy difíciles o simplemente porque no les gustan, pero que resulta que son buenas y por lo tanto debería hacerlas.”

                     “Cuando las hace, la gente dice otra vez: Qué bueno que es Don Fulano, aunque también haga algunas de las malas. Tal vez de ahí nace el dicho aquel de que el que peca y reza empata.”

                       “Y así va, entre cosas que quisiera hacer y no debe y cosas que no quisiera hacer pero debe, y a medida que la lista se va haciendo más grande lo que le va quedando es la esperanza de que cuando termine de hacer todo aquello que no le gusta, como dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, perdonar a los enemigos etc. o termina de dejar de hacer todo lo que es malo pero que le encanta, (y aquí la lista es más grande), tal vez habrá chance todavía de hacer alguna vez lo que le da la gana.”

                     “Se parece un poco al asalariado que después que le quitan la retención del Impuesto sobre la Renta, el Seguro Social, la cuota del sindicato, o la del partido, la tajada de la ex esposa abandonada, y la de la nueva que le quita lo del diario, el pago de la luz y el agua y el alquiler de la casa, espera le sobre algo aunque sea para comprarse un par de cervezas.”

                 “Ese es el hombre corriente. Por desgracia ese hombre incluye también a la mayoría de los cristianos.” (Quizás a la mayoría de mis lectores) “Pero lo que les acabo de dar no es más que una brevísima síntesis de la teología Paulina. Una exégesis de la carta a los Romanos donde San Pablo nos dice exactamente lo mismo, sólo que de una manera más elegante.”

                       Lo que falta ahora es la respuesta, que trataré de dárselas en la próxima entrega, el próximo sábado en esta misma sección en este mismo medio.

La Dificultad de Romper con Nuestro Egoísmo

Reflexión Semanal nº 18

                   Mucho me han sorprendido algunas cartas recibidas de personas impactadas por “la novedad” del tema de que “dando es como se recibe” de uno de mis artículos publicado en LA PRENSA; de que fuimos hechos para amar, para entregarnos desinteresadamente; y que entre más nos centremos en nosotros, en nuestros caprichos, y aun en nuestras necesidades, y más nos alejemos de los demás y de sus circunstancias; nos volvemos cada vez más desgraciados; y -en extremos- llegamos hasta enfermarnos, y que yo había encontrado que las personas más felices habían sido las más santas; los que más se entregaban al amor verdadero, al servicio sacrificado de los demás, y que esto era así hasta en el amor sexual.

                   Otros cometarios interesantes que recibí trataban sobre la dificultad que encontraban en romper con esa tendencia habitual del egoísmo (que sorprendentemente yo llamaba anti-natural), y decidir tomar el camino contrario, estrecho y cuesta arriba: el del amor entregado, comprometido, desinteresado e incondicional. Manifestaban que siempre habían creído que la felicidad y el amor estaban en recibir. Que entre más recibiera uno, más feliz llegaba a ser. Creían que la finalidad de la vida, de haber nacido, era el lograr alcanzar el éxito, y si era posible… la felicidad. Creían que los Mandamientos y los principios morales cristianos lo que hacían eran inducirnos a que en este mundo la pasáramos muy mal a cambio de tener algún día un premio eterno. La verdad sobre estos dos temas es muy clara y sencilla, pero para mí difícil de explicar y para muchos, difícil de entender. Pero dada su importancia trataré de explicarla con palabras de mi amigo y hermano de comunidad Chale Mántica. Dice Chale:

                 “La ley de Dios es todo lo contrario de lo que muchos creen. Es como el Manual del Fabricante, escrito por el que nos hizo y nos conoce, para que funcionemos lo mejor posible, buscando siempre lo que más nos conviene y lo que él sabe nos hará más felices. Si lo que decimos es que Dios nos ha dado una ley para que seamos felices y no para fregarnos, la respuesta es sí. Sí, eso es lo que decimos. Si lo que decimos es que un mundo de espaldas a Dios se convierte muy pronto en un infierno, la respuesta también es sí, y no tenemos más que mirar a nuestro alrededor para saber que es cierto. Si lo que decimos es que llevo mucho más chance de ser feliz cumpliendo la ley que rompiendo los mandamientos, lo sabemos de sobra por experiencia propia. Pero si lo que decimos es que los que tratamos de cumplir la ley a como dé lugar, la pasamos de maravilla, ya no es tan claro. Y si lo que decimos es que cumpliendo la ley al pie de la letra, tal y como soy, la estoy pasando felicísimo, estoy siendo hipócrita.”

                En la próxima reflexión de la semana que viene nos vamos a sincerar y vamos a tratar de ver a dónde está el quid de la cosa. ¿Por qué unas veces la respuesta es sí, y otras veces quién sabe? Hasta entonces, pues, mis queridos lectores.

La única Solución está en Cristo

Reflexión Semanal nº 19

               Si al seguir la ley, haciendo lo que no nos gusta y dejando de hacer lo que nos gusta, lo que podemos esperar es una conciencia más pura exigiéndonos cada día más santidad hasta exasperar a la carne que se rebela entonces cada día más, como lo muestra la vida de todos aquellos que en algún momento hemos querido santificarnos por el mero cumplimiento de la ley.

                     -Entonces, ¿Dónde está la solución?

                 Según los escritos de mi amigo Chale Mántica (y de muchos otros) y que yo concuerdo plenamente, “la única solución está en Cristo. Y lo que Cristo nos propone es a la vez algo infinitamente más fácil e infinitamente más difícil que lo que acabamos de describir. Lo que Cristo nos dice es bien sencillo. Nos dice (en mis propias palabras) lo siguiente:”

               “Yo no he venido a atormentarte... Yo he venido a matarte. Eso lo han sabido todos los ascetas que ha tenido la Iglesia. Son ustedes los que no quieren entender. Tampoco me interesa que te mejores. Lo que quiero es hacerte de nuevo. Se lo dije a Nicodemo y se lo expliqué a Pablo, pero no me hacen caso.  No me interesa que vivas vos, si no vivir yo en vos. Pero creen que hablo en imágenes y no en serio. Yo no te quiero quitar un poco de tu tiempo o de tu dinero o de tus gustos, el tiempo y los reales me sobran. Te quiero a vos entero  y no te tengo. Cuando te tenga te voy a dar un nuevo modo de ser: Mi modo de ser. Mi modo de pensar, sentir y actuar y entonces todo será fácil. Pero si no te morís te va a resultar muy duro seguirme. Yo te aseguro que mi yugo es suave y mi carga ligera. Escoge entre morir agobiado por el peso de una carga enorme o por tomar mi yugo. Si me dejas ser yo quien viva en vos, yo te haré el tipo de persona que puede cargar cualquier yugo y estaré además todos los días con vos hasta la consumación de los siglos, cargando el yugo con vos. ¿O es que has visto alguna vez una carreta con un sólo buey uncido al yugo?”

            ¡Y ésa es la clave! Y no hay otra. Ya sé que es casi imposible entregarle todo lo que somos a Dios. Todos nuestros deseos, inclinaciones, ambiciones sin precauciones  ni reservas. Pero es mucho más fácil que lo que hemos estado tratando de hacer, que es seguir siendo nosotros mismos y al  mismo tiempo querer ser buenos. Porque lo dice la Escritura: sólo Dios es bueno.

             Queremos seguir siendo nosotros mismos aferrados a una mente y a una voluntad que cinco minutos después corre tras del dinero, la ambición, el placer, y a la vez queremos ser buenos, castos, humildes, dadivosos y que sé yo cuantas cosas más. Eso es como querer ir a Cuba montados en un tren. Si no queres ir a Cuba, no vayas. Si te gusta el tren, quédate en el tren. Lo que no podes es ir a Cuba en tren.

                Pues, vivir como Cristiano también es imposible... si no sos como Cristo. Si somos como Cristo, o vamos siendo cada día más como Cristo... la cosa más fácil del mundo.

                  Y concluye Chale diciéndonos: “Yo he dicho muchas veces que sólo es difícil ser cristiano cuando no se es. Es decir cuando no se tiene el modo de ser de Cristo.”

Lo Más Importante

Reflexión Semanal nº 20

                     Como se acercaba el fin del año escolar, pensé despedirme de nuestros próximos bachilleres, y visité las aulas de las diferentes Secciones de los alumnos del 6º Año de Secundaria. En una de ellas, un joven me pidió que los aconsejara cómo enfrentar con éxito la nueva vida que les esperaba (muchos de ellos en universidades extranjeras, libres de la tutela directa de sus padres). Me pidió que les dijera en una sola frase y de ser posible en una sola palabra,  lo que consideraba era para mí lo más importante para esa nueva etapa de sus vidas. No encontré en ese momento una respuesta plenamente satisfactoria así de específica y entonces les dije que lo iba a meditar y orar sobre ello, y que en una semana les buscaría para darles mi respuesta.

                    Así lo hice y a la semana siguiente los visité de nuevo y les di mi recomendación -como querían- en una sola palabra. Les dije que lo que yo consideraba más importante era:

                    -La ORACIÓN.           

                  Como podrán imaginar, eso levantó un murmullo de desilusión y vi su decepción en muchos de sus rostros. Yo no me desanimé y les expliqué las razones que tuve para escoger ese consejo y  les pregunté ¿qué harían si tuvieran el papá más rico del mundo (y lo tenían porque “todo fue hecho por él y para él”). Si además él fuera todo poderoso (y lo era porque era Dios). Y si además, los amara con locura (con la locura de haber dado la vida por cada uno de ellos sin que nadie se lo pidiera). Y si además estuviera deseoso de entablar una relación cercana con ellos (la oración) para ayudarles en todo lo que necesitaran y que les conviniera recibir?    

                Les comencé a ver algo desconcertados con esa inesperada explicación, y eso me animó a continuar diciéndoles. -¿Y qué pensarían ustedes si le contestaran a su papá que lo sentían, que no iban a tener tiempo para él porque iban a estar muy ocupados en esa nueva vida de mucho estudio y también de mucha diversión para que no se les fundiera la mente?

                -Silencio total

             Y seguí diciéndoles: -¿qué pensarían ustedes de los que le respondieran de esa manera? Y por un rato les seguí hablando de mi experiencia con Dios Padre, de su amor generoso hacia mi persona, no solo en las cosas importantes, sino hasta de las tan sin importancia que nunca me atreví a pedírselas pero que él, sin embargo, me las concedía…  

           Recuerdo que de repente ya no pude seguir hablándoles y abandoné apresuradamente el aula, porque en un momento dado, me encontré con que lo que les estaba diciendo me lo estaba predicar a mí mismo, y que  –quizás- más que los muchachos yo estaba necesitando esa recomendación, esa conversión, porque sabiendo todas esas cosas no siempre le daba toda la atención que su amor merecía. Y la emoción me impidió seguirles hablando.

               Un rato después, a la hora de salida del colegio, un grupo de esos muchachos, me llegó a ver a mi oficina y me contaron que se habían reunido y habían reconocido como un llamado del Señor lo que yo les dije y que hubieran hecho el peor error de sus vidas de haberlo ignorado.

               Si por casualidad alguno de esos muchachos está leyéndome, quisiera decirle que me encantaría que me escribiera contándome cómo le fue con mi consejo y que sería una gran alegría oír de él.

 

Llega más cuando se Habla con el Corazón

Reflexión Semanal nº 21

               En mi “Reflexión Semanal” de la semana pasada hablábamos sobre la finalidad más común de la oración: la de pedir por nuestras necesidades y por las de los demás, que en si manifiesta la aceptación de nuestra dependencia de Dios. Y esto es bueno, pero la oración es mucho más (como les dije a mis alumnos cuando me visitaron después de hablarles de la oración). La oración no es solo pedir, es también oír, es un diálogo y debe llevar a un cambio de vida, comenzando con un conocimiento progresivo de Dios y de nosotros mismos, y a su vez, a un reconocimiento de lo que él es, y consecuentemente a una reacción de nuestra parte, sensible, amorosa, agradecida y reverente hacia él, y en consecuencia, un compromiso de una mayor entrega a nuestros semejantes. De lo contrario, me atrevería a decir que, esa oración no sirvió de mucho.

        Sobre esto último, nuestra reacción consecuente, reverente y progresiva ante el progresivo conocimiento de nuestra pequeñez ante la grandeza de Dios, es sobre lo que quiero hablarles hoy, y al comenzar a escribir recordé el caso de un cubano (total y absolutamente ateo) en Nicaragua en los años 80, amigo de una amiga de mi comunidad, quien después de múltiples peripecias ella logro llevarlo a uno de nuestros retiros de conversión con gran riesgo de parte del cubano, porque era parte directriz de una delegación de profesores universitarios llegada a Nicaragua de su país.

                  Durante el retiro recibió una gracia especial haciéndole comenzar a creer en la existencia de Dios y a desear hacerse católico (cosa que hizo después de recibir la catequesis necesaria de parte de un sacerdote conocido de mi amiga). Sin embargo, lo más extraordinario fue lo que le paso en su primera misa. Al momento de la consagración vio visiblemente cómo la hostia se convertía en la imagen de un hombre que comprendió era Jesucristo. Pero lo curioso fue que en vez de salir lleno de gozo de la eucaristía, salió furioso contra todos los demás asistentes a la misa, porque sabiendo (como ahora él sabía) que en ese momento tan sublime Dios se había hecho presente, nadie manifestó ninguna emoción congruente, como llorar (como él lo hizo) o postrarse en el suelo.

(Me hubiera gustado terminar contándoles lo que le paso al cubano al llegar a Cuba, pero no tengo el espacio suficiente).

               A mí en lo personal, me entristece también encontrarme con tan pocos cristianos apasionados por Cristo y lo que más me apena es oír un sermón aburrido. Y no por ser el predicador un mal orador, sino por no sentir (aparentemente) lo que dice. Yo no sé qué pasa, porque todos los sacerdotes que conozco están apasionados por Jesús (sino qué años ya hubieran colgado los hábitos por la clase de vida que conlleva su vocación) pero a algunos no se les siente cuando predican sus homilías. De tal manera que, como escribió a propósito el sacerdote M. Descalzo: “si yo fuera profesor de un seminario me preocuparía menos de que los alumnos se convirtieran en buenos oradores, como de que hablaran con el corazón, de cómo están viviendo lo que están predicando, de sus experiencias con Dios y con el prójimo.” Pero lo que algunas veces me encuentro es a eruditos bíblicos, teóricos de la fe, sabios en doctrina y moral. Muy ilustrados, muy interesantes y puede que uno salga sabiendo algo más… pero nada más.

 

Más sobre la Oración Personal

Reflexión Semanal nº 22

                 En mi Reflexión del sábado 29 de agosto “Lo más importante” les escribía sobre la oración personal, pero sentí que un tema tan complejo como este necesitaba ampliarse un poco más, y eso hice en la siguiente semana, en la Reflexión del 5 de septiembre “Llega más cuando se habla con el corazón”. Sin embargo –y como en una carta un lector me pidió que explicara cómo orar-  dedico la de esta semana a ese tema.

        Partamos que la mejor definición es la que Jesús les dio a sus discípulos cuando le hicieron precisamente esa misma pregunta: ¿cómo debemos orar?  Y Él enseñó el “Padre Nuestro.” Aquí debería terminar mi artículo, pero como el lector que me escribió pedía una experiencia práctica, voy a darles la que enseña mi comunidad “La Ciudad de Dios.” 

                 Conocemos las vidas de muchas personas y creo que podríamos clasificarlas en tres grupos:

 

                  - En el primero están los que no oran porque no les da la gana y los que oran aunque no les da la gana. Los que no oran porque no les da la gana, son generalmente personas que creen que orar sin ganas no es orar. Que su oración no es grata a Dios. Están equivocados. Si yo quiero ir al cine y mi mujer no tiene ganas, pero por darme gusta va, su compañía es doblemente grata a mis ojos. Lo ha hecho, no por su propio gusto, sino por darme gusto a mí, y yo se lo agradezco. Yo nunca siento ganas ni gusto en respirar. Respiro porque necesito respirar. Oro porque sé que necesito orar, aunque hoy no sienta ganas. En este grupo habemos gente tan famosa como Sta. Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, y otros muchos amigos míos, santos anónimos. Muchas veces no tenemos ganas de orar, pero oramos, porque sabemos que orar es una necesidad para nosotros y un gusto para Dios.

                   - Un segundo grupo de personas es el de los que no oran porque no tienen tiempo. Junto a él está el grupo de los que hacen el tiempo para orar. En mi comunidad hemos enseñado siempre que todos tenemos la misma cantidad de tiempo. Que lo que nos falta es orden. Si queremos tener una vida de oración tenemos que hacer tiempo y tener un lugar. Hablo de tener un lugar fijo y un tiempo fijo. Yo puedo orar, y oro muchas veces en el día y en muchas partes: Cuando voy en el carro, cuando me estoy bañando etc. Pero nada de esto sustituye ni puede sustituir mi lugar y hora fija de oración.

                   - Y con esto paso al tercero y último grupo. El grupo de los que no oran porque rezan. Rezan dos o tres oraciones que son las que se saben o las que les gustan y cuando se les acaba el repertorio, pues "yo que estoy haciendo aquí." Rezar es hablarle a Dios. Orar es dialogar con Dios, que supone escuchar a Dios. Sobre todo, es unirse a Dios. Enchufarse a Dios, enchufarse a la fuente de todo poder, para recibir de él paz, sabiduría, revelación, poder, consuelo, alegría, dones, frutos y todo cuanto necesitamos y muchas cosas que él nos regala aun cuando no las necesitamos ni pedimos, porque Él es así.

 

               En mi próxima Reflexión les voy a dar unos consejos prácticos de cómo orar y a señalar distintos tipos posibles de oración.

 

Nuestra sugerencia de Cómo Orar

Reflexión Semanal nº 23

            Nosotros  recomendamos siempre empezar por ponernos en la presencia del Señor. Es difícil dialogar con alguien ausente. Por eso tomamos conciencia de que estamos en la presencia del Señor. Cuando decimos que Dios es omnipresente, no queremos decir que Dios está en todas partes en el sentido de que Dios está en la cartera de mi mujer, sino que todas las cosas están siempre ante sus ojos y nosotros también.

           El siguiente paso es tomar conciencia de quienes somos. Yo soy hijo de la persona con quien hablo. Esto cambia toda la perspectiva de mi oración. El me ve como Padre, se complace en mí, tiene ganas de estar conmigo. Ande como ande, esté como esté, soy su hijo y él me ama. Tiene ganas de estar conmigo aun cuando yo no tenga ganas de estar con él.

          En alguna parte leí que la razón por la que Dios quiere que le pidamos lo que necesitamos, aunque como dice la Escritura nuestro Padre sabe muy bien de antemano lo que necesitamos, es precisamente porque así puede estar un rato más cerca de nosotros. Como cuando le contamos un cuento a los hijos, como excusa para poder sentarlos en las rodillas y estar con ellos un rato.

          El tercer paso nos lo ha enseñado mi amigo Chale Mántica y le llama: "Aló, ¿con quién hablo?". Hay gente que empieza a decir cosas al aire. Conviene saludar: “Dios Padre celestial....” y dirigirnos a una de las tres Divinas Personas en un momento y a otra en otros. La alabanza puede ir dirigida a las tres porque las tres son igualmente dignas de alabanza. Ser lleno del Espíritu se lo pido al Padre, porque él no dará una piedra al que pide un pan, y el Espíritu es su promesa. Al Espíritu le pido que me guíe en la oración, o que ore dentro de mí. A Cristo le cuento mis problemas y le entrego mi vida y mis cosas porque él es mi Señor. Cuando oramos por curación siempre lo hacemos al Padre, en el Nombre de Cristo y en comunión con el Espíritu Santo. Y debemos ser agradecidos y darle gracias por todo lo que nos da y hace por nosotros.

        Todo lo anterior suena largo pero dura solo unos segundos. Estos son preliminares. Al comenzar verdaderamente a orar, es bueno comenzar con la alabanza, porque la alabanza está centrada en Dios y no en nosotros, en nuestras necesidades o problemas o en nuestras culpas.

            Muchos creen que su oración es más agradable a Dios si pasan todo el tiempo confesando su pecado y desarrollando interiormente un horrible sentimiento de culpa. El diablo les está metiendo un gol. Porque ha logrado que el foco de nuestra atención y de nuestra oración sea yo y mi pecado y no mi Dios. Debemos alabar largamente para olvidarnos de nosotros mismos. Para que venga sobre nosotros la paz del Señor.

          A continuación pasamos a la oración de intercesión. Pedir cuanto necesitamos. Pidámosle al Espíritu que nos guíe.

          Algunos toman un tiempo para leer la Palabra de Dios y meditar un rato. Esto es bueno, pero no es oración. Lo recomiendo cuando la sequedad es extrema.

           Algunos de nosotros rezan “la Liturgia de las Horas” para unirse a la oración universal de la Iglesia. Otro rato lo dedicamos a ofrecer nuestras obras del día, nuestra vida misma, comenzando por ofrecernos nosotros mismo y nuestras circunstancias, para no pecar. Y debemos  terminar con una oración de acción de            Gracias.

 

Cómo conocer la Voluntad de Dios I

Reflexión Semanal nº 24

                   Tanto el no saber que Dios quiere guiarnos, como el tener ideas equivocadas de la manera en que nos llega su guía, constituyen un serio obstáculo para aprender a discernir su voluntad. Hay algunos que piensan que el Señor sólo nos guía por medio de profecías, visiones, u otras maneras espectaculares. En cambio, otros pueden pensar que nunca nos guiará utilizando esos medios. La verdad es que existen dos formas principales por medio de las cuales el Señor nos hace saber su voluntad: La primera, por medio de una dirección general, y la segunda, por medio de una específica.

              En todo hogar, los padres van estableciendo normas de conducta generales que regulan cómo deben comportarse sus hijos. Y así Dios que es padre nos da una serie de instrucciones que guían nuestro comportamiento de manera clara. Esta Dirección General se encuentra en las Sagradas Escrituras, en la Biblia. Allí encontramos, por ejemplo: lo que debemos y no debemos hacer (La Ley de Dios, sus Mandamientos). Cómo debe ser nuestro carácter (Los Frutos del Espíritu, el modo de ser de Cristo, en Efesios 5,22). Cómo debe ser nuestra manera de hablar (Santiago 3). Cual debe ser nuestra manera de pensar (Romanos 12). Cómo amar a nuestro prójimo (“Ama a tu prójimo como a ti mismo”). Cómo amar a Dios (“Si me amáis guardaréis mis mandamientos”).

                   La dirección general que Dios nos da por medio de su Palabra se amplía por medio del Catecismo de la Iglesia Católica, de las homilías, escritos y libros de autores cristianos reconocidos, enseñanzas de la Iglesia, Encíclicas, Cartas Pastorales de las Conferencias Episcopales, etcétera. Pero lo importante que veamos es que en ellas sólo encontramos dirección general, o pautas generales de cómo espera Dios que seamos y actuemos todos los cristianos.

Debo advertir muy enfáticamente que antes de asumir que lo que suponemos haber recibido es la voluntad de Dios, debemos hacernos –entre otras-- las siguientes preguntas, cuyas respuestas deben coincidir plenamente entre sí –por lo menos-- con las demás preguntas aquí referidas:

            ¿Concuerda con la palabra de Dios? ¿Es conforme la ley de Dios? ¿Es conforme la enseñanza de la Iglesia? (El Catecismo de la Iglesia, comentario de persona calificada sobre la Escritura, opinión de un autorizado Director Espiritual) ¿Existen compromisos previos relacionados a esa decisión? (trabajo, familia, etc.) ¿Contradice esta nueva decisión de “Llamados” anteriores de Dios? ¿Dificulta la nueva decisión tu sumisión y obediencia a Dios y su Iglesia?

            ¿Propicia la conversión? ¿Conduce esa decisión a una unión más cercana con Dios? ¿Favorece un más fiel cumplimiento de las responsabilidades anteriores? ¿O más bien induce a una innecesaria ocasión de pecado?

            ¿Cómo confirmar la validez del llamado? ¿Viene la confirmación de las personas involucradas en la decisión? ¿Es confirmada por aparentes señales espirituales milagrosas? ¿Lo confirman personas que te conocen y que están en posición de darte una buena dirección? Lo confirman circunstancias, ya sean extraordinarias o que hacen posible la decisión? ¿Experimentas consistentemente paz o angustia al orar por la decisión? (Lo que viene del Señor siempre da paz) ¿Hay otras señales que parecieran confirmar o negar el divino origen de la decisión?

            Si alguien quiere una mayor información sobre este tema, sobre la manera de conocer mejor la voluntad de Dios en situaciones en que a simple vista todas nos  parecen igualmente buenas, puede escribirme a mi correo electrónico que con gusto trataré de satisfacerlo contestándole de la misma manera.

Cómo conocer la Voluntad de Dios II

Reflexión Semanal nº 25

          El sábado pasado les escribí sobre cómo nos habla el Señor de forma general. Ahora trataré de explicarles --en forma sumamente resumida— cómo lo hace en forma específica.

              Dios nos ve a cada uno de nosotros como individuos únicos y tiene un plan particular para cada uno, porque la dirección general que Dios nos da no responde por sí sola a circunstancias específicas que cada uno encuentra en distintos momentos. Pero para comprender mejor las distintas maneras en que Dios nos guía, voy a ir ilustrándolas con mi propia experiencia y la de muchos otros que han ido reconociendo cada vez más la voluntad de Dios.

          Todo cristiano que ha sido bautizado en el Espíritu Santo experimenta con relativa frecuencia un "sentir" de lo que Dios quiere para circunstancias concretas de su vida. Cuando digo "sentir" me estoy refiriendo a algo que es más que un simple sentimiento o emoción. Me refiero a un conocimiento intuitivo que viene de una sintonía con el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo que estaba aletargado en nuestro interior desde el Sacramento del Bautismo, ahora mediante esa oración, ha sido liberado en nuestro interior y podemos percibir a menudo cómo nos conduce.

              Generalmente el Señor nos habla mediante una palabra interior que podemos "oír" en alguna parte de nuestro espíritu. Es diferente de una moción o inspiración del Espíritu, porque es algo más que un "sentir" de lo que el Señor quiere: es un mensaje en palabras, aunque no sea audible a nuestros oídos.

               Existe un peligro en este campo de las "inspiraciones del Espíritu" y el "oír al Señor", y es que algunas veces podemos recibir inspiraciones y mensajes de otras fuentes además de Dios.

        Si estamos comenzando nuestra vida cristiana; si apenas estamos dando los primeros pasos en cedernos a las mociones del Espíritu; si estamos bajo fuerte presión; o sufriendo infelicidad o cualquier tipo de carga emocional fuerte. Para todos estos casos en que nuestros propios deseos o presiones emocionales nos dificultan el discernir si el "sentir" o "mensaje" viene de Dios, existe una tercera forma por medio de la cual el Señor también nos da dirección, y esta es por medio de otros cristianos.

            En la Biblia encontramos muchos pasajes en los que vemos que el Señor también nos guía por medio de señales (1ª Samuel 10:1-9; Isaías 7:10). Estas señales pueden ir desde una lectura de confirmación en la Biblia, o una visión, hasta un evento o circunstancia que se da y confirma algo por lo que hemos pedido guía al Señor. 

            Quiero advertirles sobre un peligro que existe en esto de las señales. Hay gente que lo hace cómo una salida fácil. En vez de volverse a Dios para que les enseñe o les hable directamente, ponen su confianza en las señales, hasta que éstas se vuelven sustitutos del mismo Dios.

          Otro problema es cuando el hombre trata de utilizar su sentido común y sus conocimientos sin tomar en cuenta a Dios. Entonces se vuelve un verdadero "necio” (1ª Cor 3:18-19).

        Una de las cosas que siempre debemos pedir al Señor en nuestra oración personal es sabiduría para obrar siempre de acuerdo a su voluntad. Podemos y debemos adquirir conocimientos, pero nuestra mente y nuestro entendimiento deben estar siempre sometidos activamente al Señor; sólo entonces podremos contar con su sabiduría para hacer las cosas de acuerdo a su plan.

            Finalmente, toda guía debe estar en línea con la Palabra de Dios y la Iglesia.

Juventud a la Deriva

Reflexión Semanal nº 26 y 27

          Esta semana les traduzco el resumen de un libro sumamente leído en los Estados Unidos, escrito por un eminente científico especialista en educación, el Dr. Leonard Sax, titulado: Boys Adrift (“Muchachos a la Deriva”) sobre el creciente problema en muchos países del alto porcentaje de muchachos que están llegando a los veinte años sin el necesario estímulo para una vida adulta y sus responsabilidades. ¿Qué está pasando? ¿Es la sociedad? ¿Es la familia? ¿Es el medio ambiente? Buenas preguntas y este libro trata de responderlas. El ofrece cinco razones de por qué nos encontramos con más muchachos desmotivados y recomienda algunas cosas que los padres pueden hacer para enfrentar la situación.

            1, el Colegio. El que ahora la experiencia académica comience desde kínder o antes, en vez de ser una instancia solo de socialización, forza un desarrollo inapropiado para muchachos de solo cinco años, y muy pronto algunos comiencen a percibir el colegio como aburrido y estúpido. Se desenchufan del colegio desde kínder y nunca más se logran enchufar. Sax recomienda atrasar a los muchachos por lo menos un año. Pero también recomienda colegios de un solo sexo, dándole a los muchachos un mayor involucramiento en su proceso educativo y mayor  inserción en el mundo real (mayor experiencia natural no computarizada) e incorporando el elemento competitivo grupal, de equipo, más que individual.

           2, Video-Juegos. El Dr. Sax expresa preocupación por la violencia y sexualidad asociada a los Video-Juegos, pero también menciona investigaciones que demuestran que alteran el desarrollo del cerebro de forma profunda: desligamiento de otras actividades humanas, resultando en poca o ninguna motivación de entrar a la vida adulta y asumir sus responsabilidades.

          3, Trastorno de Déficit de Atención (ADHD). Debido a la creciente deficiencia en la capacidad de lograr el apropiado desarrollo de los muchachos, cada vez se medica más a los distraídos. Solo un pequeño porcentaje de muchachos medicados realmente padecen ADHD, dice Sax, pero la droga los hace calzar mejor dentro del ambiente, a corto plazo les ayudan a desenvolverse, pero tienen efectos colaterales que comienzan a comprenderse (pareciera que deprimen la motivación). Su efecto positivo aparece después de un período corto de medicación, pero su impacto negativo es para toda la vida.

           4, Químicos Perturbadores. Hay una creciente evidencia –dice el Dr. Sax- que algunos químicos tienden a feminizar físicamente a los muchachos. Una fuente de esos químicos (entre muchos) son los envases plásticos comúnmente usados en las botellas de agua, bebidas gaseosas y alimentos. Su conexión no está totalmente clara, pero hay una creciente evidencia de que son responsables de que las niñas alcancen la pubertad prematuramente, y los muchachos atrasadamente.

           5, El Abandono. El Dr. Sax expone cómo la ausencia del hombre en  la comunidad impacta a los muchachos. El convertirse en hombre (distinto a alcanzar madurez física) se aprende de otros hombres, y los muchachos fracasan porque en sus vidas no hay hombres que les enseñen a convertirse en hombres. Sax se centra más en las estructuras de la sociedad, pero también menciona el rompimiento de la familia y la ausencia de los padres en ellas.

         Lo que yo recomiendo. Recomiendo leer este libro a los padres de familia que leen Inglés. Está disponible en Amazon y en Barnes and Noble. Pero debo aclarar que no es un libro “Cristiano”

y que no estoy de acuerdo con todas las opiniones que Sax expresa, pero por falta de espacio no les escribo mis propias conclusiones, pero  puedo enviárselas por email a los que así me lo soliciten.

La Radicalidad del Cristianismo

Reflexión Semanal nº 28

           La persona que ingresaba a la Iglesia primitiva sabía que estaba dando un paso radical. Para comenzar, la sociedad era hostil al cristianismo. El que creía en Cristo perdía categoría humana, sus bienes y posiblemente hasta su vida. Además, el cristiano se comprometía a vivir una vida distinta, muy diferente a la de sus conciudadanos. Concebían la historia, el matrimonio, la familia, las relaciones interpersonales, la moralidad, inclusive el concepto mismo de la existencia humana era diferente, y frecuentemente opuesta a como la entendía la mayoría.     

            Y ahora hemos regresado a lo mismo. Muchísimos de la sociedad secular no solo le han vuelto totalmente la espalda a Dios, sino que se oponen a los que creemos en él. Pero para mí, hemos llegado a algo más grave: muchísimos de los cristianos de hoy se han secularizado reforzando el hecho de  que el seguir realmente a Cristo sea de nuevo una decisión radical.

Platicando de esto con amigos míos del aborto, del matrimonio gay, del sexo irrestricto, de la gravedad de la corrupción, de la violencia, de la drogadicción, del sida, entre otros muchos males de nuestros días, me decían: “…Con exageraciones tampoco” o “…Te acepto todo pero sin fanatismos” o “…Por eso es que la gente está dejando de creer en el Evangelio…”

               Hemos perdido la noción de que el entregar nuestras vidas a Dios a través de Cristo supone hacer una gran diferencia con las corrientes de pensamiento contemporáneas. Y peor ahora porque muchos cristianos inconscientemente  han aceptado y asumido los valores del mundo y la ética del mundo como propia, sin percatarse que al hacerlo están rechazando al Señor que proclaman seguir.

Estadísticamente en muchos lugares ya no hay diferencia entre el comportamiento del cristiano con el de la sociedad secular, como lo demuestran las encuestas. Unos como otros tienen sexo pre-marital, igualmente se rompen los matrimonios y se divorcian, igual número van a la cárcel por delitos comunes, practican el aborto, e igual número son señalados de corruptos. Y aún a nivel institucional esto está pasando. En nuestro país -por ejemplo- el partido en el gobierno se proclama “cristiano” mientras manipula politiqueramente los símbolos y tradiciones cristianos y ha sembrado toda la ciudad de símbolos paganos, esos horribles árboles de lata.

               Y es que la guerra espiritual se ha recrudecido, hemos vuelto a estar en una guerra sin cuartel. Estás con Jesús o contra Jesús, no hay zona neutral. “El que no está conmigo está contra mí” dice el propio Señor (Mateo 12:30), pero curiosamente muchos de los militantes de la Iglesia son complacientes con nuestro enemigo mortal, en parte porque no se han percatado de que son parte de un ejército, y menos aún de que existe una guerra librándose en la que países enteros considerados antes como naciones cristianas han sido arrebatadas por el enemigo, y en esta guerra se espera que todos tomemos parta activa del lado correcto y ganador. Pero antes debemos decidir con quién estamos. El Señor nos ha asegurado que las puertas del infierno no prevalecerán ante su Iglesia, pero no sabemos si al final seremos mayoría o unos pocos. ¿Somos de los que hemos hecho un compromiso radical con Jesús, o con las corrientes del mundo, con su secularismo y filosofía de género? Dejemos que sea el propio Cristo quien nos hable en Romanos 12,2: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cual es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.”

El Relativismo

Reflexión Semanal nº 29

             Según San Pablo, el cristiano tiene tres enemigos principales: el mundo (las ideologías, las filosofías, y toda corriente de pensamiento alejada --o en contraposición-- a la doctrina de Cristo); la carne (nuestras inclinaciones humanas  dominadas por el egoísmo) y el demonio (seres reales espirituales que buscan nuestra perdición,  manipulando –además-- a los otros dos enemigos). En la actualidad, el mundo pareciera que es el que más daño nos está causando porque es mucho más sutil y difícil de detectar. Es el causante de que cada vez más países enteros, sociedades, individuos, e inclusive cristianos estén sucumbiendo --consciente o inconscientemente-- a su seducción… a su manera de pensar y actuar.

         Por nuestra historia reciente recordamos cómo por la caída del Muro de Berlín, muchos creyeron ingenuamente que las ideologías del mundo habían caído para siempre. Llegaron a pensar que se había iniciado un nuevo orden mundial sin necesidad de ideologías políticas, creyendo que la economía era suficiente por sí sola para cimentar el orden social, sin necesidad de filosofías, ni de teologías… El marxismo de la Europa del Este pasaba repentinamente a asumir las tesis de la economía de mercado; mientras que las democracias occidentales, de forma progresiva, renunciaban a su inspiración en el humanismo cristiano.

El futuro de Occidente parecía construirse sobre las bases únicas del bienestar económico, renunciando a todo otro planteamiento. De esta forma, Occidente cometía una grave traición: optaba por el “tener”, por encima del “ser”; por el materialismo por encima de nuestros valores tradicionales y cristianos y como dijo en su última entrevista como Papa Benedicto XVI (así como el eminente pensador, el padre César Turqui): Occidente terminó por transformarse en un cuerpo sin alma, donde lo único importante y definitivo parecía ser la economía floreciente y el bienestar social, el Capitalismo Salvaje que denunció el Papa Juan Pablo II .

        De la misma forma que no existe un cuerpo vivo sin alma, tampoco puede haber una sociedad de consumo, sin fundarse en una determinada concepción de la vida. Y así, en pocos años, la cultura fue asumiendo unas nuevas ideologías… “la Nueva Era” y la “Ideología de Género,” tomando el rol del “alma” de Occidente.

       A juicio de algunos respetados analistas, el marxismo fracasó por haberse centrado en su teoría económica de la lucha de clases, dejando de atacar directamente a la familia, que es la que verdaderamente forma los valores de la persona. Por eso, ahora, la “ideología de género” ha sido diseñada para confrontarse con la familia y con la misma concepción natural del hombre.

         La victoria plena de este “nuevo orden” solo se puede conseguir eliminando cualquier intermediario entre el Estado y el individuo. De esta forma, el ser humano se somete al “dios Estado.” Por eso, hoy un secularizado ‘de derechas’ piensa sustancialmente lo mismo que un secularizado ‘de izquierdas’. Y es importante que tengamos la claridad necesaria para percatarnos de que el secularismo ha asumido la “ideología de género”; la cual tiene en su agenda la destrucción del matrimonio y de la familia, por tratarse del único bastión cristiano que le resiste.

          Los cristianos hemos superado muchas dificultades en más de veinte siglos de historia. Al final, más allá de las crisis, queda siempre lo verdadero y permanente: el amor de Dios por el hombre, y el destino eterno al que nos llama. Y tenemos plena confianza en que el Señor de la Historia guía la historia por encima de nuestras contradicciones y pecados.

Aterrizando

Reflexión Semanal nº 30

           A pesar de que últimamente he venido escribiendo sobre la última amenaza del secularismo mediante el relativismo contra los valores cristianos del matrimonio y la familia, he sentido que debo ser más específico tratando de  identificarnos en qué bando estámos, si en el de Cristo o en el del mundo secular, contestando las preguntas que les hago a continuación.

          Pero antes debemos irnos atrás y reconocer que todos los males que sufrimos provienen del pecado del hombre, contrario a la creencia de que nada tiene que ver una cosa con la otra, porque se piensa en el pecado en términos de irse al cielo o al infierno, y si antes de morirme me confieso o al menos me arrepiento, pues no hay problema. ¡Ningún problema!... Pero decíselo al chavalo que cogió una sífilis o el Sida. O al que quedó en onda por la droga. O a la muchacha de 15 años que quedó embarazada. O a la madre soltera. O al hijo de padres desconocido. O al que se muere de hambre por explotado. O al torturado. O a la madre que le asesinaron un hijo. O al marido o la esposa traicionada. O al que le levantaron una calumnia. O a la madre que se le murió un hijo por no tener 50 pesos para comprar la medicina, ni esposo que se los diera. Él te va a decir que el infierno sí existe porque ya vive en él.

           Ahora sí, después de este preámbulo preguntémonos:

                ¿Crees que el Mandamiento de “no robarás” debe cumplirse a como dé lugar. O crees como muchos que a los babosos ni dios los quiere y que hay que aprovechar las ocasiones de hacerse rico a como sea? ¿Crees que a la mujer ajena hay que amar como hermana y respetarla, o como dice el dicho popular “que lo que se va a comer el pagano, que se lo coma el cristiano.”? ¿Apoyas que el sacramento matrimonial es para toda la vida y que se basa en un compromiso serio pactado formalmente ante Dios el día de la boda, o depende de la emoción, de cómo se sienta uno más adelante, cuando tal vez haya decaído el enamoramiento o te guste más otra? ¿Estás a favor de la vida desde su concepción, o pensás que el feto es solo pellejos que pueden ser descartados sin más? ¿Crees que el aborto es un crimen, o que se puede recurriré a él por comodidad, temor al qué dirán, por estrechez económica, por violación o sencillamente por conveniencia? ¿Considerás que al homosexual debe respetarse, no discriminar ni juzgar, servirle y amarle igual que a todo ser humano, pero considerás que la práctica de su inclinación es pecaminosa y contraria a la ley de Dios, como lo es el adulterio para toda persona heterosexual, o crees que es solo una opción de vida moralmente válida?  

           Cada respuesta contraria a lo enunciado al inicio de las preguntas significa que en esas áreas discrepás con el Evangelio y la Iglesia de Cristo, y en esta guerra has tomado partido a favor del mundo secular. No obstante lo anterior, Dios sigue siendo tu padre que te ama como ni siquiera podemos imaginar, y Cristo que dio su vida por vos y por mí, nos espera siempre con los brazos abiertos.

          Que Dios te bendiga querido lector.

Algunos culpan a Dios de todo.

Reflexión Semanal nº 31

           Desde que he estado publicando esta columna en LA PRENSA he estado recibiendo emails sobre toda clase de tópicos espirituales. Algunos muy interesantes, otros de aprobación o de personas angustiadas, y finalmente unos “vulgarizándome.” Pero hay un tema que se repite constantemente y es el objeto de mi reflexión de hoy. 

       Les cito un par de ejemplos de emails: “…si alguien se salva de una tragedia o enfermedad, Dios es bueno, sino, es libre albedrío, Dios nunca pierde; un Dios poderoso y que nos ama y protege, pero abundan guerras, enfermedades, tragedias, calamidades, hambre, drogas, crueldad. De todos modos si Dios existiera, a cómo actúa, no sirve para nada.” Otro me decía: “…se dice que Dios conoce y está pendiente de todos los actos de nuestra vida, y que conoce hasta de nuestros pensamientos. Si Dios lo sabe todo de antemano, podría evitar tantas tragedias que suceden a cada minuto ¿No quiere, o no puede?”

            En junio pasado publiqué un artículo aquí sobre este mismo tema titulado “Dios no me hace caso” en el que escribía lo siguiente: “Jesús nunca prometió que nada malo nos pasaría si nos convertíamos a Él. Más bien lo que dijo fue que el que quisiera seguirle tomara su cruz. La única cosa que Él nos aseguró fue la cruz. Él sanaba y hacía –y hace—toda clase de milagros y prodigios porque se conmueve y se apiada de nuestros sufrimientos, pero estos los hace principalmente como un signo de que su Reino ha llegado, de que Él es Dios y puede revertir la naturaleza humana porque Él la hizo, pero en cuanto a la cruz, Él la padeció primero y murió para resucitar, para que nosotros resucitemos también con Él. Su concepción del dolor y de la muerte es distinta a la nuestra y si queremos ser realistas y conocer la verdad –aunque a veces no la entendamos—debemos con humildad aceptar su verdad abandonando toda arrogancia espiritual.”

            Hoy deseo añadir a todo lo anterior, que el mal del mundo no es producido por Dios. Todo el mal del mundo es producto de nuestra rebeldía a su ley y recomendaciones. Es producto del pecado, de la frustración del plan perfecto que Dios tiene para la humanidad. Más bien es Dios el que nos advierte del peligro y de las consecuencias de nuestra conducta indebida.

Dios nos ama con un amor insondable, por eso nos hizo libres y siempre ha respetado y va a respetar nuestra libertad que Él mismo nos dio, aunque escojamos –por esa misma  libertad- alejarnos de Él.  Dios quiere nuestro amor libremente, voluntariamente, de lo contrario no seríamos más que sus marionetas o sus robots, que no tendríamos más remedio que amarle y obedecerle querámoslo o no.

Asumamos la responsabilidad que nos toca y no rechacemos el amor de Dios. Decidámonos a retribuírselo con toda nuestra libertad y voluntad.

El castigo físico a los niños.

Reflexión Semanal nº 32

           Creemos que hay que erradicar de nuestra cultura la crueldad y el abuso infantil. Sin embargo, este exceso no nos debe llevar al otro extremo, como es (cada vez en más lugares) que el Estado se inmiscuya tanto dentro de la familia que prohíba toda disciplina física de los padres para con sus hijos. El que se condena unos cuantos fajazos, nalgadas, o chancletazos dados con amor y por amor a un niño rebelde, malcriado, desobediente, ladroncito, vago, e irrespetuoso, es algo insólito y hasta ahora nuevo en toda la historia humana, y peor aún, que se propicie el que el hijo denuncie a sus padres y lo condene a la cárcel por aplicar estos métodos con los que él mismo fue educado. Creemos que el mal comportamiento en los niños pequeños debe tener consecuencias para que la disciplina sea formativa. Y tambien creemos que el que no corrige no ama lo sufiencite. 

           A mí me consta que antes les teníamos un sano temor y respeto a nuestros padres y que ahora los padres le tienen un malsano terror a sus hijos, por lo que los miman dándoles todo lo que les piden.

Ahora los colegios públicos y privados no pueden expulsar en forma permanente a sus alumno sea cual sea la clase de falta cometida (aunque es verdad que pueden denunciar el caso a la policía) y hay que reconocer que muchas veces ha bastado una suspensión temporal para que los muchachos se enmienden definitivamente.

        Nada de esto posiblemente merecería este artículo con mi modesta reflexión si no fuera por los resultados que en otros países políticas extremas como las citadas están produciendo, en cuyos hogares lo que menos se ve es formación, disciplina, orden, respeto y obediencia.

Hace un par de años estando en una reunión de delegados de movimientos laicales católicos nos visitaron unos cuantos oficiales del más alto rango de la policía nacional y nos expusieron que todo indicaba en una serie de estudios a nivel centroamericano sobre la inseguridad ciudadana, que su relativamente bajo nivel en Nicaragua se debía principalmente a la familia; que aquí la institución familiar era más fuerte que en los demás países de la región; que aquí habían –como en los otros países—“niños en la calle”, pero casi no “niños de la calle”; aquí en general al final del día los niños regresaban a su hogar en donde eran disciplinados, mientras en otros lugares esos niños no tenían hogar ni nadie que los corrigiera aunque fuera de manera cuestionable.

       Los oficiales buscaban nuestra cooperación para realizar con nosotros un hermoso proyecto de fortalecimiento a la familia propiciando el deporte, habilitando predios vacíos como canchas deportivas en toda la ciudad. Nosotros conseguiríamos los terrenos y ellos los útiles deportivos y los entrenadores. Como no volvimos a saber de ellos les escribí y recurrí a las oficinas centrales de la policía y ahí me informaron que todos se habían jubilado. Hasta ahí llegó el proyecto.

       Volviendo al tema del artículo, creo firmemente que debemos fortalecer --a como dé lugar-- y no debilitar, la institución de la familia. Evitar los extremos: la crueldad y el abuso, así como la indisciplina y la mimazón. Buscar entre todos –ciudadanos y Estado-- un equilibrio sano. Y creo que sería muy saludable escuchar a especialista académicos y psicológicos que nos iluminen valientemente (aunque sus ideas no sean muy populares) con estadísticas, experiencias y recomendaciones sobre esta situación.

Mi cuerpo es mío y puedo hacer con él lo que yo quiera.

Reflexión Semanal nº 33

         A las que piensan así debo decirles que su cuerpo no es enteramente suyo sino de Dios que las creo. Pero aunque así fuera, no poden disponer como quieran de él sin consecuencias a veces muy serias. Además, el cuerpo del niño en su vientre es un cuerpo distinto. Desde el momento de su concepción ya es un cuerpo independiente de ella, como lo reconoce la ciencia, que en un embarazo hay dos vidas y dos cuerpos.

     Hace poco oí de un eminente político español hablando sobre la inseguridad ciudadana algo tremendamente dramático. Dijo que el sitio más peligroso de estar en su país era el vientre de una madre. E igualmente el Presidente de la Conferencia Episcopal Mexicano, Monseñor Rodrigo Aguilar, denunció que los legisladores de su Asamblea Legislativa, que despenalizaron el aborto, habían convertido al útero, "que debiera ser el lugar más seguro para la vida", en "el lugar más peligroso".

En ninguna guerra han muerto tantos soldados y en solo los EE.UU. se matan a más de un millon al año…¡de bebés!

        Y hace pocos días que asistí a una jornada de evangelización organizada por La Ciudad de Dios ante unas 4,000 personas, escuché al predicador Salvador Gómez contar una anécdota muy impactante sobre este mismo tema del aborto. Dijo Salvador en su prédica que no hacía mucho una pareja amiga lo había llamado para que les ayudara con una hija adolescente que había quedado embarazada y quería abortar.

Nos contaba Salvador que, después de mucha discusión con la chavala, esta le gritó con una gran altanería la misma cancioncita: “que su cuerpo era de ella y que por lo tanto podía hacer con él lo que quisiera.” Después de unos minutos de silencio Salvador  la invitó a dar una vuelta en carro para que se tranquilizaran. Ella aceptó, y cuando iban en la carretera y sin disminuir la velocidad, le ordenó a la muchacha:

        --¡Bájese inmediatamente de mi carro!—

        --¿Cómo, ahorita? Preguntó la jovencita entre perpleja y ofendida.

        --¡Exactamente! –le contestó Salvador, y prosiguió: “Porque este carro es mío y puedo hacer con él lo que yo quiera.”

     Cuenta Salvador que la muchacha, después de un momento de silencio y en un tono ya muy suave le contestó:

        --“Está bien… ya entendí la lección, usted tiene razón… ya podemos volver a casa.”

       Antes de terminar esta mi reflexión de hoy quisiera dirigirme a personas como la muchacha del cuento de Salvador Gómez. Quiero asegurarles que he leído mucho sobre las graves secuelas que deja en las madres el aboto y que personalmente puedo confirmarlas con casos en que me ha tocado ayudarlas. Para comenzar, caen invariablemente en unas depresiones profundísimas que en muchos casos conducen al suicidio, sometiéndolas antes a daños mentales muy serios.

      Antes de dar ese paso yo les recomiendo que consulten con un médico con experiencia verdadera en esas secuelas, que sea ético y honrado.  

      Y en vez de detallarles todas esas consecuencias prefiero contarles lo que leí en un periódico de Inglaterra cuando visitaba a una hija mía que vivía ahí. Era la historia de la famosa actriz británica Emma Beck, una admirable joven intérprete de 30 años, llevaba una gestación de gemelas y abortó. Al poco tiempo se suicidó -apareció colgada-, y dejó a sus parientes una patética carta que decía: "La vida es un infierno para mí, yo nunca debería haber abortado, habría sido una buena madre. Quiero estar con mis bebés, necesitan de mí más que nadie".

La Mujer

Reflexión Semanal nº 34

       Como educador he venido observado con tristeza cómo los jóvenes están perdiendo muchas costumbres de buena educación y de cortesía de generaciones anteriores. Ahora tratan los varones a las mujeres sin delicadeza, irrespetándolas como a iguales, no les ceden los asientos, ni les abren las puertas, ni les ayudan llevándoles los paquetes pesados, sino que más bien hablan vulgaridades frente a ellas, les cuentan chistes crudos, las empujan y las llaman “mi brother.” Y ellas lo aceptan aparentando no importarles para no perder popularidad.

            Decidí un día dirigirme al aula de algunos de mis alumnos mayores y de sopetón les pregunté: ¿Qué les parece si hoy hablamos de “la mujer.” Y ya se pueden imaginar ustedes cómo, además de manifestar cierta sorpresa y curiosidad, comenzaron –especialmente los muchachos- a decir cosas creyendo que ibamos a hablar de sexo.

            No les hice caso, y dividí el pizarrón en tres grandes columnas. En la primera como título escribí la palabra: “Hombres” y comencé preguntándole a ellos cómo veían a la mujer en general y empecé a escribir debajo lo que iban diciendo, advirtiéndoles que esto era serio e importante. Recuerdo las cosas que fueron diciendo –además de que eran sexy y bellas-- que eran inútiles, inferiores, sin fuerza física, que solo servían para criar hijos y ser amas de casa, que eran demasiado emocionales, que de todo lloraban… Lo decían en un tono vacilón pero sosteniendo que hablaban en serio, que así las veían. Casi solo señalamientos negativos expresaron, pero yo fui escribiendo en la columna literalmente todo lo que decían, en medio de las protestas airadas de las muchachas.

             Titulé la segunda columna con la palabra “Mujeres” y les pregunté a ellas cómo se veían. Comenzaron a decirme que eran más fuertes que los varones y que aguantaban más el dolor y los sufrimientos; que eran más inteligentes, como lo demostraba que las mejores alumnas del colegio eran mujeres; que eran más maduras; que no perdían el tiempo en la violencia y las guerras; que podían concebir hijos, etc.

Finalmente (sin preguntarle a nadie y sin ponerle título alguno) comencé a escribir en la última columna algo más o menos así:

           “Más valiosa que las perlas. Digna de toda confianza. Le produce a su esposo solo el bien todos los días de su vida. Es una incansable trabajadora. Es una admirable empresaria, muy buena comerciante. Administra la economía familiar y del hogar con toda sabiduría. Lleva adicionales ingresos al hogar involucrándose en la agricultura. Le gusta coser y cocinar. Cuida de los suyos y es previsora. Es caritativa con el desvalido y el pobre. Habla con sabiduría y amor. Cuida su casa. No es vaga. Cuida de sus hijos y ellos le llaman dichosa. Es el orgullo de su esposo y merece sus elogios. Es temerosa de Dios…”

       Cuando terminé de escribir, todos -varones y mujeres- estaban sorprendidos y admirados y me preguntaban de donde había sacado semejante descripción tan honrosa, feminista y actual, que si Luther King, que si Juan Pablo II (y varias personalidades contemporáneas cuyos nombres ahora no recuerdo). Y la sorpresa de ellos fue mucho mayor cuando arriba de esa columna escribí “Dios” y todavía más cuando les dije que Dios había dicho eso de la mujer desde hacía unos 3,000 años, en tiempos del rey Salomón. Y terminé diciéndoles: “Muchachas, así las ve Dios desde siempre, no se dejen menospreciar si todo un Dios –el que las creó- las ve así.” Terminamos con la lectura bíblica de Proverbios 31 del verso 10 al 41.

La Virgen de los Cristianos

Reflexión Semanal nº 35

            A lo largo de mi larga vida me he encontrado con muchos amigos cristianos no-católicos manifestando cierto desagrado hacia la madre de Jesús. Dicen que ello es debido a las exageradas manifestaciones de devoción hacia ella –rayando en la idolatría- y que además, María es solo la madre de Jesús-hombre pero no de Jesús-Dios.

            Yo sinceramente creo que no hay católico –por ignorante o despistado que sea- que crea que María es una diosa, aunque sé y admito que por el enorme amor que  muchos le tienen –en especial en Nicaragua- sus manifestaciones parecieran las de adoración.

            Y yo les digo a mis amigos que aunque crean que María es solamente la madre de la mitad de Jesús (y no de un ser  único, como creemos los católicos), no merezca nuestro cariño –y por supuesto nuestro respeto. ¿Qué hijo no se siente herido cuando rechazan o irrespetan a su madre? ¿Y qué hijo no se complace cuando le manifiestan cariño a ella? Este solo hecho -yo creo-  amerita el cambio de apreciación y de expresión de esos amigos míos (de quienes vale la pena agregar, muchos son excelentes cristianos). Creo que más bien deberían apreciar y admirar su formidable humildad dentro de su clarísima conciencia del privilegio de Dios a ella al escogerla como madre de su Hijo, como cuando declara: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen…” (Lucas 46:50). ¡Qué feliz me sentiría si supiera que por lo menos un hermano evangélico  comience a apreciarla y llamarla bienaventurada gracias a estas insuficientes líneas.  

                Pero hay algo más importante aún  (porque estoy seguro que ella no quisiera ser nunca piedra de tropiezo para la unión de los cristianos) y es precisamente eso, que por estarnos centrando en las pocas diferencias que nos separan estamos los cristianos abonando a esa división, impidiendo que el mundo crea que Jesús es el enviado del Padre y que él nos ama como ama a Cristo.

            A continuación las propias palabras de Jesús sobre esto por medio de Juan 17:20-24: “No ruego solo por estos, sino también por aquellos que por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.”

            Estoy consciente que, al más alto nivel, los líderes de muchas denominaciones cristianas se están reuniendo, están orando juntos y están logrando definitivos avances en tan necesaria unidad, pero siento que poco se está haciendo en nosotros, las bases, y que mientras el pueblo de Dios, no cambiemos de corazón y de actitud, la desunión seguirá quien sabe hasta cuándo.

            Querido lector, si quieres oír más sobre el ecumenismo a nivel de personas comunes y corrientes como yo, lee mi próxima reflexión...

Lo que Otros están Haciendo

Reflexión Semanal nº 36

                Yo se que cada vez con más frecuencia están habiendo reuniones entre los líderes cristianos más connotados del mundo –entre ellos los últimos tres o cuatro Papas, buscando la unidad entre los cristianos que exige nuestra fe.

            En cuanto a lo que personas comunes y corrientes podemos hacer por el ecumenismo, recuerdo la gran marcha en contra de un proyecto de ley sobre la legalización del aborto terapéutico (para la que honrosamente la Iglesia católica me nombró en su organización como responsable de logística) y que llevamos hasta su éxito total los católicos junto con los protestantes, todos los cristianos unidos.

También recuerdo haber leído en Christianity Today  un dramático testimonio de un líder evangélico sobre la persecución y sufrimientos de los cristianos en Checoslovaquia del año 1982. Entre otras cosas este líder dijo: “El sufrimiento nos ha enseñado que podemos sobrevivir sin las indiscutiblemente necesarias estructuras de nuestra Iglesia. Pero no podemos subsistir sin otros cristianos. Muchos de nosotros aprendimos esa lección en la cárcel en donde sufrimos juntos con creyentes ortodoxos y católicos. Descubrimos que lo que importaba más era nuestro compromiso central en Jesucristo.”

Y coincidentemente, cayó en mis manos un documento que ilustra lo que otros destacados líderes Católicos  Romanos y Protestantes Evangélicos de los Estados Unidos han comenzado a hacer en pro de la unidad de los cristianos, a raíz de algunos conflictos que observaron entre los cristianos de América Latina.

            Comenzaron con una declaración común que denominaron “Evangélicos y Católicos Juntos: La Misión Cristiana en el Tercer Milenio” en el que explicaban el porqué consideraban necesario, como hermanos y hermanas en Cristo, “trabajar unos con otros y no unos contra otros, en el gran reto de la evangelización, y el apoyarse unos a otros en enfrentar las tremendas amenazas morales, culturales y espirituales de nuestro tiempo.” Expresaron “la necesidad de la solidaridad, la cual debía basarse en nada menos que en el Evangelio del propio Jesucristo” concluyendo que “la única unidad que agrada a Dios, y por lo tanto, la única unidad que debían buscar era la unidad en la Verdad.”

            Analizaron los desacuerdos existentes de la larga lista de la que puede llamarse desacuerdos tradicionales. La que más ha producido mayor agitación a través de los siglos sobre la relación entre las Escrituras (la sola Escritura) y la tradición (la Escritura junto con la tradición autorizada). Sobre esto se pronunciaron –entre otras cosas- de la siguiente manera: “Siempre ha habido y seguramente habrá --hasta el regreso glorioso del Señor-- desacuerdos sobre el derecho del correcto discernimiento de la Palabra de Dios en las Escrituras…”

También convinieron en la siguiente declaración: “En el siglo pasado, el notable líder protestante Abraham Kuyper, reconoció que la defensa común de la visión cristiana del mundo hacía necesario precisamente la clase de esfuerzos en el que ahora estamos nosotros involucrados. Kuyper sostenía que cuando entendemos el cristianismo como una visión universal estaríamos de nuevo facultados para tomar nuestro lugar al lado de los Católicos en contraposición del panteísmo moderno.”

            Y siguieron exponiendo de igual manera, que “la enseñanza católica de hoy, como tan notablemente lo estableció Juan Pablo II, fuertemente estimula la posible total cooperación entre cristianos en su lucha por una cultura de vida y verdad en contra de la cultura de muerte y engaño.”

            Y terminaron concluyendo que “si alguien se preguntara sobre el propósito de esta declaración la respuesta es clara: “Es para ser testigos que Jesucristo es el enviado por el Padre, para traer la verdad que ilumine toda dimensión de vida.”

Bases de Cooperación entre Cristianos

Reflexión Semanal nº 37

       Conocí de un aporte (aceptado por todos los asistentes a una conferencia entre los más destacados cristianos seglares de los Estados Unidos) de uno de los principales líderes laicos católicos: Steve Clark, fundador de los movimientos de Cursillos de Cristiandad y de la Renovación Carismática Católica de los Estados Unidos, y uno de los Coordinadores Principales de la primera comunidad ecuménica de ese país. Asistían unos 300 líderes Evangélicos, Ortodoxos y Católicos.

Señalaba Steve la necesidad de la cooperación entre cristianos, porque no nos juntábamos ni nos ayudábamos mutuamente, como a veces está pasando en los países Islámicos, muy distinto de la admirable unión que existe entre los judíos. Pero los enemigos de la unión no solo son externos. En la actualidad nuestro reto principal es el Secularismo Teológico de algunas de nuestras Iglesias que se están acomodando a las ideologías dominantes y a las diferencias entre las distintas interpretaciones de la Biblia.

 

       -Y comenzó exponiendo-- Necesitamos aceptar el hecho de que existen tópicos que dividen a las Iglesias y necesitamos reconocer los límites que las Iglesias han establecido y no actuar como si estas diferencias no existieran. Debemos –pues- aceptar que cada uno crea en la doctrina de su propia Iglesia.

 

    En segundo lugar, debemos enfatizar el núcleo central de la enseñanza cristiana y prácticas que  compartimos en común. Debemos hacer esto porque estas verdades en sí exigen tal énfasis. Pero también, porque así podemos fomentar nuestra unidad y servir a la convergencia de todo el pueblo cristiano.

 

       En tercer lugar, al discutir juntos nuestras diferencias debemos hacerlo en paz y amorosamente, evitando discutir aquellas cosas que todavía no podamos discutir pacíficamente, ampliando el círculo de tópicos a medida que vayamos experimentando poder hacerlo en paz y en confianza mutua. No avergonzarnos por nuestras propias creencias y no ser apologéticos o excusarnos acerca de ellas. Considerar las cosas que los otros cristianos sostienen y que nosotros estemos en desacuerdo como errores que los buenos cristianos pueden tener, en vez de como perfidias o negación del cristianismo. No discutir nuestras creencias en forma polémica (discutidora), sino de la manera que sean más aceptadas por los otros. Asegurarse de que la discusión esté construyendo amor y unidad y no separándonos más.

 

        En cuarto lugar, debemos aprender de nuestras autoridades sobre puntos doctrinales y teológicos en desacuerdo de tal manera que evitemos expresarnos ignorantemente.

 

        Y finalmente, cuando podamos, ayudémonos unos a otros y sirvámonos mutuamente, de tal manera que evite que nuestras diferencias teológicas y culturales contaminen nuestro amor fraterno, para  que nuestra unidad personal ponga las bases de una más completa unidad.

 

       Termino citándoles unas declaraciones extraordinarias de nuestro querido Obispo Católico, Monseñor Silvio Báez. Dice Monseñor:

      “…Como Iglesia no debemos caminar nunca sin el otro, nunca sin el otro hermano, nunca sin la otra Iglesia, nunca sin el reconocimiento del estatuto teológico del otro. Debemos aprender que los que nos une es más que lo que nos divide… San Juan Pablo II nos recuerda que la sangre de los mártires es más elocuente que nuestras divisiones. La comunión que se ha dado en el martirio, en la vida dada por Jesús, aun cuando ha sido dada por cristianos de diferentes confesiones –católicos, ortodoxos, reformados– es una comunión más fuerte que las divisiones que permanecen en la Iglesia… a la que estos mártires han pertenecido: «Estos hermanos y hermanas nuestros… son la prueba más significativa de que cada elemento de división se puede trascender y superar en la entrega total de uno mismo a la causa del Evangelio»“

Un Amor Provisional

Reflexión Semanal nº 38

         Hace unos meses leí en este mismo periódico una entrevista hecha a unos jóvenes -varones y mujeres- que andaban haciendo una campaña en todo el país a favor de la relación de pareja. Pero lo que me llamó la atención del mensaje “novedoso” que llevaban fue que sostenían que el mayor envenenamiento de la felicidad matrimonial era el terror ante la creencia (ya superada según ellos) de que la unión debía ser “hasta que la muerte nos separe.”

 

         Entonces no le di mucha imporancia a la campaña de esos muchachos porque creí que la mayoría consideraría -como yo- ridícula esa manera de pensar. Sin embargo, por lo que oigo ahora de muchos jóvenes ya no estoy tan seguro de que la inmensa mayoría piensan como yo.

  

       Muchos jóvenes dicen ahora que ya no hay amores permanentes. Se teme a los compromisos definitivos. Los que se casan —algunos o muchos, no sé— lo hacen con condiciones: «Si las cosas van bien...» A esos yo les aseguro que sí se puede conservar (inclusive mejorar) la felicidad conyugal toda la vida. Yo acabo de celebrar orgullosamente mi cincuenta aniversario de bodas y sigo admirado y agradecido de Dios por la mujer que me dio, y todos los días le agradezco sus gracias capacitándome para amarla como ella se merece. Y esto no es solo un caso. Muchos de mis familiares, amigos míos, y hermanos de mi comunidad podrían testimoniar lo mismo.

 

            La vida de los hombres es difícil, lo sé. Son muchos los humanos que fracasan en sus proyectos, en sus amores, en sus esperanzas y entonces ha veces es inevitable el cambiar de camino. Lo grave es cuando se empieza a caminar dudando del camino que se emprende; cuando se inicia la marcha reservándose el «por si acaso».

 

         Un hombre que fracasa sólo es un hombre que fracasa. El que empieza su vida considerando la infidelidad como principio no fracasa jamás, porque no tiene ni alma con la que fracasar. Los que aman con un «ya veremos» se morirán sin saber lo que es el amor. Porque un amor puede ser débil, o cobarde, o mediocre, pero lo que no puede ser es provisional. Un «amor provisional» es algo tan contradictorio como un círculo cuadrado. Porque si es amor, no es provisional. Y si es provisional, no es amor.

 

           Pasando a otro tema, pero que creo tiene mucha relación con todo esto del amor eterno. Y es que mientras escribía esta reflexión se me vino a la mente un reportaje o algo que leí quien sabe dónde. Se trataba de un perro que lleva diez años durmiendo y viviendo sobre la tumba de su amo. El animal —si es que así puede llamársele—, días después de la muerte de su amo, añorando su presencia, se encaminó él solo al cementerio, encontró —quién sabe cómo— su tumba y sobre ella se sentó a esperar la muerte. Durante muchos días no se movió de su lápida, sin alejarse siquiera para buscar comida.

Sólo más tarde, el viejo sepulturero se apiadó de él y sustituyó—en parte— el cariño del muerto y comenzó a llevarle comida. Pero el perro nunca renunció a su fidelidad. Y allí sigue, recordando a un muerto cuyos parientes posiblemente ya lo olvidaron.

 

            Esta historia —historia, no fantasía— impacta principalmente en un mundo en el que la fidelidad ya no vale.  Ese animalito, a lo mejor un perrito callejero, tiene para mí más raza y más clase que muchos humanos que he conocido.

Lo Material vs. Lo Espiritual

Reflexión Semanal nº 39

          Me encontré el otro día con un excompañero de trabajo de los años ´80 y me comunicó que leía religiosamente mi columna de LA PRENSA y que le gustaba mucho cómo escribía, ¿pero que por qué me centraba siempre en lo espiritual en vez de temas más apremiantes como la política y la economía? Y le contesté que lo hacía por dos motivos: el primero porque sobre eso vivían escribiendo personas muy entendidas y brillantes, mientras que de lo religioso casi nadie lo hacía (por lo menos desde el punto de vista laical); y segundo y más importante, porque para mí, todo lo material estaba supeditado y dependía de lo espiritual. Le dije que podríamos cambiar, revolucionar los sistemas económicos y políticos, pero que si no cambiaba el corazón del hombre, a la postre irremediablemente se fracasaba. No había más que leer la historia universal. Pero para ser totalmente sincero con ustedes mis lectores, escribo principalmente porque creo en lo que escribo, y por eso creo que es mi obligación ante Dios el hacerlo.  

 

            No sé si convencí a mi amigo, o a alguno de ustedes mis lectores en este caso, pero su razonamiento me quedó revoloteando en la cabeza y decidí dedicar esta reflexión a este tema, recordando mis tiempos de director de colegio, cuando una madre de varios alumnos me visitó y me reclamó el que a pesar de que tuviéramos seis años (en vez de cinco) de bachillerato en nuestro currículum, dedicáramos tanto tiempo al aspecto espiritual, en detrimento de otras asignaturas más práctica y útiles para el éxito futuro profesional de los muchachos, como eran las matemáticas y las ciencias.

 

            Yo le pregunté que ¿en cuántos años calculaba ella el posible disfrute (o éxito como ella le llamaba) en la vida de los muchachos? y me contesto que de unos cuarenta años. Entonces le pregunté que si creía en la vida del “más allá” y me dijo que “por supuesto.” Entonces le pregunté que cuántos años le calculaba al “más allá” y me contestó que no se podía porque era eterno. Entonces le dije que ella prefería que le dedicáramos más tiempo a unos cuarenta años que a una eternidad, al éxito de cuarenta años que a la felicidad de una eternidad… incluyendo la felicidad del más acá, porque aquí se podía tener éxito profesional pero no necesariamente la felicidad.

 

            La vi titubear desconcertada pero después de un momento de reflexión me concedió la razón.

 

            Y voy a terminar con un cuentecito que una vez oí y que decía así:

 

Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar en la plaza, que era necesario un cambio en el país. El profeta gritaba y una gran cantidad de gente comenzó a escucharle, aunque más por curiosidad que por interés. Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida.

Pero el profeta seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando en la soledad. Y pasaban los días.Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acercó y le preguntó: «¿Por qué seguís gritando? ¿No ves que nadie quiere cambiar?» «Sigo gritando —dijo el profeta— porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí.»

 

          La moraleja es que no debemos escribir porque esperemos que se va a conseguir un fruto, sino ante todo porque es nuestro deber, porque creemos en lo que estamos diciendo.

Lo Material vs. Lo Espiritual

Reflexión Semanal nº 40

          Me encontré el otro día con un excompañero de trabajo de los años ´80 y me comunicó que leía religiosamente mi columna de LA PRENSA y que le gustaba mucho cómo escribía, ¿pero que por qué me centraba siempre en lo espiritual en vez de temas más apremiantes como la política y la economía? Y le contesté que lo hacía por dos motivos: el primero porque sobre eso vivían escribiendo personas muy entendidas y brillantes, mientras que de lo religioso casi nadie lo hacía (por lo menos desde el punto de vista laical); y segundo y más importante, porque para mí, todo lo material estaba supeditado y dependía de lo espiritual. Le dije que podríamos cambiar, revolucionar los sistemas económicos y políticos, pero que si no cambiaba el corazón del hombre, a la postre irremediablemente se fracasaba. No había más que leer la historia universal. Pero para ser totalmente sincero con ustedes mis lectores, escribo principalmente porque creo en lo que escribo, y por eso creo que es mi obligación ante Dios el hacerlo.  

 

            No sé si convencí a mi amigo, o a alguno de ustedes mis lectores en este caso, pero su razonamiento me quedó revoloteando en la cabeza y decidí dedicar esta reflexión a este tema, recordando mis tiempos de director de colegio, cuando una madre de varios alumnos me visitó y me reclamó el que a pesar de que tuviéramos seis años (en vez de cinco) de bachillerato en nuestro currículum, dedicáramos tanto tiempo al aspecto espiritual, en detrimento de otras asignaturas más práctica y útiles para el éxito futuro profesional de los muchachos, como eran las matemáticas y las ciencias.

 

            Yo le pregunté que ¿en cuántos años calculaba ella el posible disfrute (o éxito como ella le llamaba) en la vida de los muchachos? y me contesto que de unos cuarenta años. Entonces le pregunté que si creía en la vida del “más allá” y me dijo que “por supuesto.” Entonces le pregunté que cuántos años le calculaba al “más allá” y me contestó que no se podía porque era eterno. Entonces le dije que ella prefería que le dedicáramos más tiempo a unos cuarenta años que a una eternidad, al éxito de cuarenta años que a la felicidad de una eternidad… incluyendo la felicidad del más acá, porque aquí se podía tener éxito profesional pero no necesariamente la felicidad.

 

            La vi titubear desconcertada pero después de un momento de reflexión me concedió la razón.

 

            Y voy a terminar con un cuentecito que una vez oí y que decía así:

 

Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar en la plaza, que era necesario un cambio en el país. El profeta gritaba y una gran cantidad de gente comenzó a escucharle, aunque más por curiosidad que por interés. Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida.

Pero el profeta seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando en la soledad. Y pasaban los días.Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acercó y le preguntó: «¿Por qué seguís gritando? ¿No ves que nadie quiere cambiar?» «Sigo gritando —dijo el profeta— porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí.»

 

          La moraleja es que no debemos escribir porque esperemos que se va a conseguir un fruto, sino ante todo porque es nuestro deber, porque creemos en lo que estamos diciendo.

La Crisis del Cristianismo

Reflexión Semanal nº 41

            Europa ya dejo de ser cristiana y ojalá que no vayamos por ese camino en América, el continente más católico y su esperanza.

 

          En un reciente viaje a Europa -a donde fui a visitar a una hija mía que ahí residía- pude apreciar la paganización de ese continente. Las Iglesias católicas más afectadas eran las de los países tradicionalmente católicos. Y las Iglesias protestantes más afectadas eran las de países protestantes. En Inglaterra –por ejemplo- la desbandada protestante -principalmente hacia la Iglesia Católica- era masiva. Parroquias enteras con todo y sus pastores se pasaban al catolicismo, movidas además a esa deserción por la ordenación de mujeres al sacerdocio y hasta al obispado, y en algunos casos de personas de moralidad cuestionable. Y era curioso ver cómo la jerarquía de la Iglesia anglicana culpaba a la católica de haber producido ese debacle con trucos totalmente ridículos.

 

            ¿Pero por qué digo que nosotros ojalá no vayamos por ese camino?

 

            Porque aunque es verdad que nuestras iglesias continúan llenas de gente (situación que les da cierto sentido de seguridad a muchos amigos clérigos) casi toda su concurrencia es de mi generación. Hay una ausencia alarmante de jóvenes en muchas de las parroquias (como comenzó a pasar en Europa hace unas pocas décadas).

 

            ¿Y por qué está pasando esto? ¿Cuál es la causa? ¿Y qué podemos hacer para revertir esa tendencia?

 

           En mi modesta opinión (basada en la experiencia y la observación de muchos años como educador), las causas son diversas. La crisis en la familia es la más importante (crisis que es mundial, especialmente en los países más desarrollados y cuyo tema el Papa Francisco en su último viaje a América Latina, Cuba y EE.UU. priorizó). En vez de familias constituidas como las que conocimos, lo que reina ahora son uniones paganas legalizadas. También por lo malo de la globalización (porque nos ha traído también muchas cosas buenas) que nos llega especialmente por los nuevos medios de comunicación electrónicos y que invaden en un instante a todo el planeta.

 

       ¿Pero cómo vamos a formar cristianamente a nuestros hijos si viven en ambientes paganos? Matrimonios divorciados o re-juntados. ¿De qué sirve que los pongamos en colegios religiosos si en el hogar el dios que reina es el dinero, y Cristo es una figura histórica solamente?

 

            No obstante lo anterior, yo confío en la presencia del Señor en medio de su pueblo, en el compromiso de muchos líderes seglares cristianos auténticos, y en la excepcional calidad de nuestro clero. No todo está perdido. La juventud nicaragüense todavía cree en Dios. Es verdad que en un Dios bastante desfigurado, impreciso y confuso, y que no ocupa ningún lugar importante en su jerarquía de prioridades, pero en general nuestra juventud es sana –y aunque sin percatarse conscientemente- anda buscando a Dios. Lástima que lo busca donde no está, pero sé que a pesar de ello el Señor se les manifestará a su debido tiempo a pesar de nosotros los adultos.

 

            Platicando de esto con uno de los Obispos católicos más brillantes de Nicaragua, me decía muy sabiamente que (entre otras cosas de las que posiblemente les hablaré en otra oportunidad) tenemos que usar más el lenguaje propio de la juventud, el electrónico, las redes sociales y el diálogo con ellos sobre su propia problemática, más que la de la Iglesia, la que les ofrece muchas veces una religiosidad que a ellos ya no les atrae ni les interesa.

     

Visión de una Comunidad Cristiana

Reflexión Semanal nº 42

             Hay una variedad de nociones de lo que es una comunidad cristiana. Algunos creen que son unas 20 o 30 personas viviendo juntas en una casa grande o en una finca. Otros consideran que son un grupo que han puesto en común sus propiedades juntando sus cuentas bancarias. Otros como una comunidad monástica u orden religiosa. Esas son posibles formas de comunidad pero fundamentalmente una comunidad cristiana significa la forma en que se relacionan unos con otros, tal como la definen las Escrituras: de amor, compromiso e interdependencia.

 

           Los primeros cristianos entendían que su fe les daba una identidad distintiva que compartían con todos los demás cristianos. Ellos veían su relación como la existente entre los miembros de una familia (Mateo 12:48-50). Es un amor en Cristo Jesús, no necesariamente de amistad o de intimidad personal, sino de la clase de amor basado en el amor fraternal que habla el Nuevo Testamento. Y esa clase de comunidad es la que la Iglesia está necesitando hoy.

 

              Parecido al compromiso  que hace un padre con su familia es el compromiso comunitario. Pactan entre todos sus miembros un compromiso mutuo incluyendo lo económico. En la nuestra (La Ciudad de Dios y en todas las comunidades de Alianza alrededor del mundo) es total, y una vez pactado ante el Señor, deben cumplirlo mediante normas de estricto orden escritas y supervisadas.

 

Documentos de Puebla         

            Sin embargo yo se que todo esto es imposible si no le permitimos al Espíritu Santo que cambie nuestro corazón de piedra por uno de carne. Por eso los Obispos latinoamericanos reunidos en Puebla, México, con san Juan Pablo II escribieron años después de la fundación de La Ciudad de Dios lo siguiente:

                   "La Iglesia evangeliza en primer lugar mediante el testimonio global de su vida. (Por la forma como es, no solo por lo que hace). Así, ella trata de convertirse en signo o modelo vivo de la comunión de amor en Cristo que anuncia y se esfuerza por realizar. La pedagogía de la Encarnación nos enseña que los hombres necesitan modelos claros que los guíen. América Latina también necesita de tales modelos". (Puebla 171).

               "Cada comunidad debería esforzarse por constituir, ejemplo de un modo de convivencia donde logre aunarse la libertad y la solidaridad. Donde la autoridad se ejerza en el espíritu del Buen Pastor; donde se viva una actitud diferente frente a la riqueza; donde se ensayen fórmulas de organización y estructuras de participación capaces de abrir brecha y camino hacia un tipo más humano de sociedad. Y sobre todo, donde inequívocamente se manifieste, que sin una radical comunión con Dios en Jesucristo, toda otra forma de comunión puramente humana, resulta incapaz de sustentarse." (Puebla 172).

 

              Y en estos días nos ha dicho el Papa Francisco: “Todos debemos ser conscientes de que la fe cristiana se juega en el campo abierto de la vida compartida con todos, la familia y la parroquia deben cumplir el milagro de una vida más comunitaria con toda la sociedad”. Y agregó: “La comunidad cristiana es la casa de aquellos que creen en Jesús como la fuente de la fraternidad entre todos los hombres”

 

          Esto no es utopía, es posible y las he visto creadas y funcionando por obra del Espíritu Santo en muchos lugares del mundo. Y yo no dudo que es lo que Dios quiere para nuestras parroquias: volver a vivir como lo concibieron y lo hicieron los primeros cristianos.

El Amor a Dios I

Reflexión Semanal nº 43

      En mi vida me he encontrado con muy buenas personas sufriendo de angustias por inseguridad al analizar la calidad de su cristianismo. Dudan de si estarían dando la talla para salvarse porque tienen plena conciencia de sus debilidades, indignidad y pequeñez ante la grandeza y perfección de Dios. Les abruma la respuesta de Jesús a alguien que le preguntó: ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Y Jesús le preguntó: ¿qué está escrito en la ley? Y este le contestó: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y ama a tu prójimo como a ti mismo.” Y Jesús le dijo: “Has contestado bien. Si haces eso, tendrás la vida,” e inmediatamente antes en la Escritura recapitulando la cita anterior dice Yahvé: “Escucha Israel, el Señor tu Dios es el único Señor…”

 

      Trataré en esta reflexión de esclarecer esa situación de preocupación para los que la padecen.

 

    Debemos comenzar reconociendo que el alcanzar el éxito, la fama, el dinero, los bienes materiales y el amar apasionadamente a las personas, son aspiraciones legítimas de toda persona, pero... siempre y cuando estén subordinadas al amar a Dios por encima de todo.

 

      Un fallo en algunos consiste en ver el amor a Dios como un medio para lograr algo, y no como un fin en sí mimo. Este caso sería el de aquellos que ven en todo esto un “buen negocio”... "¿Qué ventajas me reporta el seguir a Dios?" Este fallo no es malo en principo, porque además es verdad. Lo malo es cuando nuestra conversión se estanca en ese punto y años después seguimos viendo a Dios tan sólo como un medio para llenar nuestras necesidades, o para nuestro mejoramiento personal. Nos quedamos centrados en Jesús el Salvador, y nos aferramos a El simplemente porque nos conviene.

 

      Debemos empezar a descubrir en Cristo no sólo al Salvador, sino también al Señor: Su santidad, su gloria, su magnificencia y su majestad. Este desarrollo de la gratitud hacia el amor, esta transición de agradecerle a Dios por lo que ha hecho, a alabarle por lo que es, este paso debe ocurrir en todo cristiano y cuanto antes mejor.

    Por otra parte, Dios no nos impone el que lo amemos, ni lo exige como un capricho de su parte. Recordemos que él nos amó primero. El, que nos hizo, es ante todo Padre y un padre amoroso, tierno y compasivo, lento a la ira, rico en misericordia y en perdón. Él sabe muy bien qué nos conviene y quiere siempre lo mejor para nosotros y el hombre no podrá jamás realizarse plenamente, ni alcanzar la felicidad plena, si falla en edificar toda su vida sobre este ideal supremo de amar a Dios por encima de todo.

 

     Pero debemos comprender y aceptar que el amor de Dios a nosotros es similar al amor humano verdadero (porque él nos lo infundió como una de las mayores maravillas hacia nosotros). Yo creo que después de la vida, lo más bello que hemos recibido es el amor, el ser capaces de amar y recibir amor. Pero todo amor verdadero y profundo es exigente, celoso, es exclusivo. El que crea que es verdadero amor el amor compartido o condicionado, todavía no ha entendido ni experimentado el verdadero amor. Por eso, el amor tan grande que nos tiene Dios quiere naturalmente reciprocidad, otro tanto de nosotros.

 

            Es tan importante comprender todo esto que decidí intentar completar esta maravilla en mi próxima reflexión...

El Amor a Dios II

Reflexión Semanal nº 44

      El verdadero Amor a Dios se expresa en una relación personal y comprometida. Esto es algo difícil de entender para el hombre actual, porque la sociedad moderna nos ofrece pocos ejemplos de relaciones personales basadas en un compromiso. El ejemplo más común sería el matrimonio. Imagínense si el amor de la pareja dependiera sólo de las emociones, entonces éste amor variaría constantemente. Para que el amor permanezca, el matrimonio debe estar basado en algo más firme. Y aunque es verdad que la pareja no puede ver su matrimonio solo como una serie de normas y responsabilidades, la relación debe abarcar todos los aspectos de la vida, y lo que debe caracterizar al amor que los une es el compromiso que se hicieron ante Dios.

 

      Del mismo modo, la relación con Dios debe emanar de un compromiso de amor. Es una decisión, una respuesta de unirse a Dios, incluyendo las emociones humanas, pero sin depender de ellas. Es algo que envuelve toda la persona en una unión total.

 

      El error está en creer que el amor a Dios es un asunto puramente emocional. El Primer Mandamiento dice: “Ama al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Pero para el hombre moderno el corazón es visto como la sede de sus emociones. En el corazón suponen estar nuestros sentimientos y afectos. Pero esto es un elemento puramente cultural. Como identificamos la palabra corazón con emociones, cuando pensamos en el Primer Mandamiento lo interpretamos como una obligación a “sentir” algo por Dios. Y cuando esto no sucede, nos sentimos culpables. Llegamos a la conclusión que no queremos a Dios con todo nuestro corazón. En la Biblia sin embargo, el corazón no es la sede de las emociones, sino la sede de las decisiones fundamentales que orientan nuestra vida. Algo que trasciende las emociones.

 

      Pero la relación de un cristiano con Dios difiere de la relación entre esposo y esposa en un aspecto muy importante: La persona con la que nos unimos es el Creador y Dueño del universo. Dios y el hombre no están unidos como dos iguales, ¡hay una diferencia infinita!... Nuestra contraparte es nada menos que el Dios de grandeza, de poder, de gloria y santidad, aunque no se impone, no presiona, sino que nos da libertad para responder.

 

      Pero entonces, ¿cómo puedo yo, en mi debilidad, amar a Dios como El se merece?

 

      Debemos entender que un cristiano no aprende a amar a Dios en un día, o en un curso de iniciación, o de crecimiento. Crecer en el amor a Dios es un proceso que abarca toda la vida. Dios es paciente y quiere que seamos pacientes con nosotros mismos. Es más, les digo que un cristiano jamás podrá crecer en el amor a Dios solo por su propio esfuerzo. Aunque amar a Dios requiere inicialmente de nuestro esfuerzo y decisión, el crecimiento de ese amor depende fundamentalmente de nuestra apertura a la acción del Espíritu de Dios que habita en nosotros. Si intentamos vivir el amor a Dios por nuestras propias fuerzas, vamos a impacientarnos, a desalentarnos, y finalmente nos vamos a frustrar. Debemos creer primero que el Espíritu Santo vive en nosotros y está activamente transformando nuestras vidas, y luego aprender a abrirnos y descansar diariamente en su poder. Esa es la única manera de crecer en el Amor a Dios. El Señor está esperando de todas sus criaturas que se abran a su amor. Él está esperándonos con los brazos abiertos.

     

      Depende de nuestra decisión.

El Amor al Prójimo I

Reflexión Semanal nº 45

       Hoy en día la mayoría de la gente creen que muchísimos de los desórdenes sociales y los problemas emocionales se deben a la falta de amor en el mundo. Pero el verdadero problema no es tanto la falta de amor –que sí la hay-, sino la forma de cómo ahora los hombres entienden y expresan el amor.

 

      En esta reflexión de hoy vamos a ver la diferencia que existe entre la concepción cristiana del amor y la concepción del amor que actualmente prevalece en el mundo. Son conceptos muy diferentes que debemos poder distinguir.

 

      El hombre actual concibe el amor como un sentimiento, más que como una acción, en experimentar emociones que nos mueven actuar de acuerdo a ellas. Ya vimos algo de esto en mi reflexión pasada cuando hablábamos sobre el "Amor a Dios". Creen que ama sólo cuando experimentan un sentimiento -llámese atracción, afecto, ternura, cariño o enamoramiento-, o cuando "siente" compasión por un mundo que sufre. Pero este no es el punto de vista bíblico. Las emociones, son una gran ayuda, pero no son la realidad central en el amor.

 

      El amor cristiano se encarna en las relaciones personales, basadas en un compromiso y se expresa en el interés, atención, cuidado y servicio hacia los demás. Ante todo se refiere a la voluntad y a la forma de actuar, más que a las emociones.

 

      Hoy comprendo mejor lo que el Señor nos quiso decir en Mateo 22:39: "El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a tí mismo". Les confieso que muchas veces no estoy satisfecho conmigo mismo, todo lo contrario; ha veces detesto lo que hago y mi modo de ser. Tampoco puedo decir que "siento" un gran afecto por mi persona. Sin embargo, cuido muy bien de satisfacer mis necesidades físicas, emocionales y espirituales. Del mismo modo, de acuerdo con el mandato de Jesús, nosotros debemos tratar a los demás como nos tratamos a nosotros mismos, aún cuando no sintamos emociones o sentimientos.

 

      Es importante sañalar que el Señor también les dijo claramente a sus discípulos cómo debía ser ese amor entre ellos: "Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros" (Juan 13:34).

 

      Jesús nunca escribió un libro con instrucciones concretas y prácticas de cómo amar, sin embargo, su vida misma era para ellos la definición del amor. No sólo habían visto el amor personificado, observando cómo anduvo lleno de compasión entre la gente que sufría, sino que se vieron bendecidos personalmente al recibir ellos también su especial atención y su tierno cuidado.

 

     Por supuesto que ellos nunca olvidaron cómo le habían fallado. San Pedro –por ejemplo- había prometido serle fiel hasta el final, y aún morir por él, pero pronto descubrió su propia debilidad y se enfrentó a la vergüenza de su fracaso cuando lo negó. Dice la Escritura en Lucas 22:54-62 que al negarlo por tercera vez, Jesús se volvió y lo miró... "Y salió de allí y lloró amargamente". Pero también experimentó en su propio ser el amor del Señor que todo perdona, al oír tres días después el mensaje que el ángel les dio a María Magdalena y a las otras mujeres en la tumba vacía: "Vayan y digan a sus discípulos, y a Pedro..." (Marcos 16:7). Imagínense qué alivio y que profunda ternura han de haber provocado estas palabras en el corazón de San Pedro; el Señor lo había perdonado, y lo seguía amando y contándolo entre sus discípulos.

El Amor al Prójimo II

Reflexión Semanal nº 46

      Creo que muchos de ustedes se estarán diciendo a sí mismos: "¡Esto de amar como cristianos es muy difícil". Y yo les digo que no sólo es difícil, sino que es totalmente imposible... si tratamos de ponerlo en práctica basados únicamente en nuestra fuerza de voluntad.

 

      El amor cristiano, aunque es fruto de una decisión humana, es un amor sobrenatural muy por encima de nuestras capacidades humanas, y sólo el Espíritu Santo puede darnos el poder para vivir de acuerdo con esta decisión.

 

      Los cristianos debemos tener fe en Dios y en sus promesas. Dios no nos va a mandar a hacer algo que está fuera de nuestro alcance, o que El no pueda capacitarnos para lograrlo. El Señor dijo en Lucas 11:13: "Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuanto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!". No dice que dará el Espíritu Santo a los más santos. Dice más bien “a los que se lo pidan,” es decir a todos, malos y buenos, a mí y a todos los que me están leyendo. Es pues un imposible para nuestras propias fuerzas, pero la cosa más facil del mundo con el Espíritu Santo. ¡Basta con pedírlo! Pero debemos vivir en unión con Dios para llenarnos una y otra vez de su gracia, de su poder y de su amor, porque primero debemos llenarnos de su amor para poderselo dar a los demás. Nadie da lo que no tiene.

 

            A fin de cuentas, en la vida del hombre no existe más que un único problema: saber dónde está el centro de su alma; averiguar si yo soy el centro de mí mismo o si, en cambio, tengo mi alma volcada hacia fuera de mí, aclararme si yo soy mi propio ídolo o si mi corazón es más grande que mis intereses; averiguar si me estoy dedicando a saborear mi propia y personalísima felicidad o si, por el contrario, mi felicidad la he puesto al servicio de una tarea más alta que mi propia vida y de otros seres (incluido el Otro ser, con mayúscula) que valoro como más importantes que yo; en una palabra: saber si mi vida y mi alma se alimentan de amor o de egoísmo.

 

          Vivir es convivir. Convivir no es semivivir, sino multivivir; no recorta, aumenta; no condiciona, lanza. Amar puede implicar alguna renuncia (o comenzar siendo una renuncia), pero siempre termina acrecentando.

 

          Lo otro que quería decirles puede parecerles un anuncio promocional de Ciudad de Dios, pero Dios sabe que es la verdad. Para amar cristianamente se requiere ante todo del poder de Dios, pero también se necesita de mucha sabiduría y circunstancias para aprender y poder expresar nuestro amor de una manera correcta.

 

      En la Comunidad se nos da mucha sabiduría práctica y a través del compartir en nuestros grupos pastorales aprendemos a vivir este amor. Además, al ingresar a una Comunidad como la nuestra, tenemos la oportunidad de poner en práctica estas relaciones amorosas que el Señor nos pide. Por todo esto es que yo he estado escribiendo sobre la necesidad de nuestras parroquias de volver a vivir como vivían los primeros cristianos, la Iglesia primitiva, como aprendieron del Señor, es decir, vivir comunitariamente.

 

      De esta manera, a la par que ponemos en acción el Mandamiento Nuevo del Amor y nos edificamos mutuamente como cuerpo, también damos testimonio a los demás para que el mundo crea.  

Extractos de correos de respuesta a las Reflexiones Semanales

Hasta Enero de 2016

La Fe

Reflexión Semanal nº 47

      Hoy quiero que hablemos sobre la fe y de los tres niveles que existen: La doctrinal, la que confía y la que actúa, o fe expectante, como la llamamos en nuestra comunidad.

 

      La fe doctrinal consiste en creer en Dios, en las verdades reveladas, en la doctrina cristiana y en los dogmas de nuestra Iglesia. Pero si solo nos quedáramos en el campo del conocimiento, o en una sola aceptación del Credo, el cual jamás pretendió ser una lista de cosas que debemos creer, sino un resumen de lo que Dios ha hecho para salvarnos, nos quedaríamos cortos en lo que el Señor quiere de nosotros, y aunque no podemos minimizar su importancia, esta es esencial pero no es suficiente. Dice Jesús: “Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo” (Santiago 2:19). Necesitamos tener esa fe, pero no es de esa fe de la que queremos referirnos en esta reflexión.

 

      El siguiente nivel de fe es la que llamamos la fe que confía. No solo acepta las verdades del Credo, sino que también confía y entrega su vida en manos de Dios.

 

      Muchos de nosotros tenemos suficiente fe doctrinal y suficiente fe que confía, pero no nos atrevemos a pedir y a esperar todo lo que Dios podría darnos. Debido a esta resignación, muchos aceptamos pasivamente las enfermedades, los problemas  y dificultades, diciendo que son parte del plan purificador de Dios, y que no nos queda más remedio que aceptar su voluntad. Es cierto que muchas veces Dios permite estas dificultades y adversidades, pero no es esa su primera intención. Si no, ¿qué sentido tendrían entonces las palabras de Jesús?: "Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre" (Mateo 7:7-8).

     

     Esta fe que confía es también esencial en cierta medida, pero Dios desea todavía algo más, desea que creamos y confíemos de una manera expectante. La fe expectante que se confía en manos del Señor y espera que actúe en situaciones específicas. Es  alargar la mano para tocar el borde de su manto, como la hemorroisa, con la certeza de una respuesta... Esto es Fe Expectante. Esta es la clase de fe de la que queremos hablar en este artículo. Y se parece más bien a la del Buen Ladrón en la Cruz, que no tenía ni idea de la doctrina de Cristo, ni comprendía la magnitud de lo que estaba sucediendo ante sus propios ojos.  El Buen Ladrón, sin embargo, creyó en Jesucristo; tuvo fe en El, confió en El, y actuó su Fe: "Señor, acuérdate de mi cuando estés en tu Reino". Y la respuesta del Señor no se hizo esperar: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23:42-43).

       Es la fe que si vamos a orar todos para que llueva en una sequía, llevo conmigo mi paraguas.

 

      Esta es la clase de fe de la que queremos hablarles. Es una fe en que porque creo, actúo. En que si creo que vas a venir a cenar a mi casa, preparo entonces algo especial, porque confío en que vas a llegar. Este es el significado bíblico de la palabra “fe”.

 

      Se me acabó el espacio y ni siquiera he comenzado a hablar de esta fe. Por lo tanto les pido su generosidad y lean lo que tengo que decirles en mi próxima reflexión.

La Fe (II)

Reflexión Semanal nº 48

      En nuestra comunidad hemos concebido la siguiente definición al estilo nica de esta Fe: "Tener Fe es agarrar la vara... y tirarse al ruedo".

 

      Para comenzar vayamos al Antiguo Testamento y leamos una de tantas citas de las características de Dios: "...misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado..." (Éxodo 34. 5-7). Pero de entre todos estos rasgos que Dios reveló a Moisés acerca de sí mismo, quiero destacar el de Su fidelidad.

 

        Que el Señor es fiel significa que no es variable, sino inconmutable y firme; que nunca falta a su palabra y que siempre cumple lo que promete. Nuestra fe se basa en esta fidelidad de Dios para con nosotros.

 

      En el Nuevo Testamento, la palabra griega que traducimos como fidelidad es pistis. Y pistis lo que significa es que una persona es digna de confianza.

 

      En este Siglo XXI usamos una expresión que significa exactamente lo mismo. Decimos que una persona es "digna de crédito". Crédito, desde luego, viene del Latín credere: creer. Una persona es digna de crédito cuando le puedo creer, cuando puedo confiar en lo que me dice. Dar crédito a alguien no significa ante todo darle mercadería al fiado, sino ante todo, dar crédito a su palabra; es decir, creer que me pagará.

 

      Entonces, un hombre fiel es alguien en quien se puede tener fe. Alguien en quien se puede confiar y con quien se puede contar. Alguien digno de crédito. Fiel no es alguien que cree en Dios sino sobre todo alguien en quien Dios puede creer. El que cuando dice que hará algo, podemos estar seguros de que lo hará. El que cuando se compromete con vos, sabés que no te abandonará.

 

      Pero volviendo al tema de la fe en el Señor, pudiéramos decir que tenemos fe en él cuando nuestra esperanza y nuestra confianza están fundamentadas en lo que él es: El Fiel y Verdadero.

 

      Resumiendo pues, pudieramos  decir que está fundada en una base firme y segura: la fidelidad de Dios. Por eso es que se equivocan aquellos que ven la fe como un salto al vacío, y además con los ojos vendados. La fe no es un salto a ciegas. Es más bien como el chavalito que se tira a la piscina sin saber nadar, si su papá lo está esperando adentro para recibirlo en sus brazos. Si conocemos bien a nuestro Padre podremos entonces confiar en El y en sus promesas, y relacionarnros con El con una fe confiada y expectante.

 

      Y ahora sólo nos queda una pregunta por contestar: ¿Qué podemos hacer para desarrollar esta fe expectante en nosotros? Lanzarse al ruedo, arriesgándose a hacer el ridículo por el Señor. Pero también confiar en que puede crecer e ir progresando. Dice San Pablo: "Tenemos que dar en todo tiempo gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es justo, porque vuestra fe está progresando mucho... " (2ª. Tesalonisense 1:3). Pero por otra parte, al igual que el Fruto del Espíritu, es Dios mismo quien la inicia y la hace crecer en nosotros. Dice la Escritura en (Hebreos 12:2): "Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y es él quien la perfecciona".

 

      Nosotros no podemos construir nuestra propia fe. Pero tampoco Dios puede construirla sin nuestra cooperación. Como dice San Agustín: "El que te hizo a tí sin tí, no te puede salvar a tí sin tí". Dios necesita de tu cooperación para edificar tu fe.

 

La Cuaresma debe generar Cambios

Reflexión Semanal nº 49

              Con la cercanía de Semana Santa se me ha pedido que escriba sobre Cuaresma, y lo único que se me ocurre es recomendarle a ustedes mis lectores –pero principalmente a mí mismo- que nos hagamos el propósito de pedir y abrirnos a la acción del Espíritu Santo en estos santos días, y nos determinemos a poner nuestra parte para lograr un cambio en misericordia (y en unidad entre los cristianos) en lo personal y en lo colectivo.

 

            Digo lo anterior porque las homilías, los Viacrucis, las oraciones, y todo el culto de estos días está –como debe ser- centrado en el amor inconmensurable de Jesucristo hacia nosotros, manifestado en los horrores de su pasión y muerte, como una muestra y declaración de amor a cada uno de nosotros, con nombre y apellido.

 

        Pero, por lo experimentado en mí (y en la observación de otros) todo eso se queda ahí, en un reconocimiento de su hazaña de amor, en una apreciación y agradecimiento por lo que padeció. Pero hasta ahí no más. Y toda esa tragedia de Jesús se queda en la intensión de generar una hemorragia de piedad dolorosa en nosotros. Y eso está bien.

 

             Sin embargo, tanto amor lo que debe generar –más que compasión- es amor. Es responder con igual mentalidad y acciones… aún acciones heroicas  –si fuese necesario- como las de Él.

 

           Esto me recuerda un hermosísimo caso que apareció hace poco publicado en el periódico New York Times. Reportaba el periódico que en uno de esos países islámicos, un día de estos un grupo de fanáticos armados detuvo un autobús lleno de pasajeros. Se subieron a él los terroristas y amenazando a todos les exigieron que recitaran en voz alta algunos versos del Coran (los más populares), y fueron observando a los que permanecían callados. Supusieron que no conocían los versos porque no eran creyentes de su fe, que eran cristianos…es decir, “infieles”. Sacaron del bus a los silenciosos anunciandoles que los iban a fusilar. Pero mientras ordenaban adecuadamente a los condenados, los fieles dentro del bus deliberaron y salieron del bus anunciándoles a los fanáticos que: o liberaban inmediatamente a los condenados, o los mataran a ellos también. Ante ese gesto tan solidario y tan inesperado de personas de su mismo credo, se desarmaron y los dejaron ir sin matar a nadie.

 

         Mi reflexión es que si esos musulmanes fueron capaces de unirse a esos cristianos en forma tan heroica, cuánto más nosotros los cristianos debemos trabajar para nuestra unión (a pesar de nuestras diferencias teológicas) como nos lo manda Cristo.

 

           El papa Francisco nos ha dicho:  “La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente…" Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Pero ocurre que cuando estamos bien nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.”

 

               Mi Reflexión de hoy es que debemos responder al amor de Dios pidiendo y propiciando en nosotros ese amor misericordioso que él nos tiene, en lo individual y en lo colectivo. Solo así la Cuaresma será plena y producirá los frutos que tanto estamos necesitando.

 

Reflexión sobre Cartas Recibidas

Reflexión semanal nº 50

              Analizando con el Consejo de Coordinadores de La Ciudad de Dios las cartas recibidas de ustedes -mis lectores- sobre mis Reflexiones publicadas en este diario desde abril del 2015, encontramos en ellas algunos tópicos de mayor interés para ustedes, y algúnas inquietudes que se repiten durante todos estos meses.

 

        Le agradezco a Dios (porque a pesar de que lejos está de mi escribir  con ánimo de obtener reconocimientos y menos alabanzas) todas las cartas recibidas manifestaban haber resultado de alguna ayuda, y me animaban a segir escribiendo (aunque muchos piden una mayor ampliación de los tópicos tratados), con excepción de alguna que otra de evangélicos que estaban más interesados en hacer proselitismo de sus desavenencias teológicas con los católicos, que en buscar puntos de coincidencia para la predicación del Evangelio y la unión de todos los cristianos...

 

           En las cartas recibidas, las problemáticas más frecuentemente eran (1) las matrimoniales; (2) necesidad de mayor sabidurá para conocer la voluntad de Dios en casos específicos; (3) recibir mayor conocimiento de cómo manejar los problemas de los adolescents y jóvenes; (4) sobre el relativismo y la tolerancia; (5) la crisis del cristianismo, especialmente del catolicismo; (6) el interés por conocer más sobre la comunidad La Ciudad de Dios.

 

              El conocer los mayores intereses de mis lectores que se animaron a escribirme, nos llevó a decidir priorizar en las próximas semanas sobre esos tópicos, y en forma más amplia, dejando los que tenía previamente programados para después.

 

           El primer tema que deseo abordar en las próximas semanas (y desde hoy) es el del matrimonio cristiano, pero debido a que muchos están interesados en conocer sobre La Ciudad de Dios (de la que nos referiremos ampliamente más adelante) y que muy pronto impartiremos un retiro cristocéntrico, sobre el cristianismo, y la vida comunitaria, a los que tengan algun interés en participar en él, les ruego me lo hagan saber por email y yo les enviaré material para que conozcan más a fondo sobre el retiro, ayudándoles en su decisión de asistir a él o no.

 

         Regresando al tema del matrimonio, creo que debemos comenzar reconociendo que todos los matrimonios tienen problemas. Mientras no aceptemos esta gran verdad tendremos más problemas todavía, porque un matrimonio de éxito, no es un matrimonio sin problemas, puesto que ese no existe, sino que un matrimonio de éxito es un matrimonio en donde los cónyuges han aprendido a resolver sus dificultades. Y la llave para resolverlos es precisamente la comunicación entre los esposos.

 

          Creo que nuestros matrimonios empezaron a mejorar el día en que realmente admitimos tener problemas. Nos habíamos esmerado tanto en esconder, disimular, aparentar, que incluso nosotros mismos llegamos a creernos la historia del matrimonio feliz. Pero nuestros problemas empezaron de verdad a resolverse cuando empezó una comunicación entre nosotros.

 

              La Comunicación es una manera de amar; una manera de decir "te quiero" Es casi imposible amar con eficacia y ser un apoyo y sostén de nuestra mujer o de nuestros esposos, o de nuestros hijos, si no nos comunicamos con ellos de una manera estable y frecuente. Muchos de nuestros problemas matrimoniales empezaron porque un día pensamos que las personas o las circunstancias no cambian. Pero cambiaron y no nos dimos cuenta. Teníamos nuevas necesidades, o nuevas aspiraciones, o nuevas circunstancias, o nuevas inseguridades, o nuevos hábitos, o nuevas amistades y aún nuevos sentimientos, o nuevas convicciones... la lista es interminable... y el otro no se dio cuenta.

 

                El próximo sábado estaremos ampliando sobre la comunicación en el matrimonio

 

La Comunicación entre los Esposos - 1ª Entrega

Reflexión Semanal nº 51

            La comunicación entre los esposos desgraciadamente no es algo que se da espontáneamente en todos los matrimonios, sino algo que requiere un esfuerzo consciente. Todos estamos de acuerdo en que la comunicación es algo muy bueno, pero el estar de acuerdo y el hacerlo son cosas muy diferentes. Por eso mi propósito no es el convencer a mis lectores de que es bueno o necesario sino que sea una realidad.

 

              Muchas parejas no reconocen todavía la importancia que tiene, y en consecuencia no la tiene todavía como una verdadera prioridad. Ya sé que alguna vez de alguna manera todos nos comunicamos de un modo u otro, pero necesitamos ahora que, en nuestras familias, la comunicación no sea solo algo que sucede alguna vez, o de cualquier modo, sino que sucede continuamente y correctamente.

 

            La comunicación no debe ser el lujo que nos damos cuando tenemos tiempo, sino algo regular, para lo que necesitamos "hacer el tiempo." Cuando decimos que no "tenemos tiempo" es la primera señal de alarma de que lo estamos necesitando a gritos. Debe ser campana de alarma de que algo nos está separando, de que el orden en nuestra vida está cambiando.  

 

           "Bueno, ¿y de qué suponemos hablar?" Para muchos el paso más duro ha sido este. "No tenemos de que hablar" Lo dicen con toda sinceridad, y hasta con tristeza. Posiblemente estan despertando de largos años de incomunicación. De novios hablaban interminablemente, ahora no tienen nada que decirse. Y sin embargo no es falta de amor. Es simplemente que las cosas han cambiado. Antes todo era nuevo. Cada encuentro era un acontecimiento. Hoy todo es cosa sabida, y nuestra vida es rutinaria. Por eso antes la comunicación brotaba espontáneamente. Ahora necesita de un esfuerzo consciente y de una decisión formal. Pero es posible. Y puede ser muy agradable, si sabemos cómo.

 

             El primer error suele ser el querer compartir solo las cosas importantes, que generalmente significa el compartir solo los problemas. Los problemas necesitan compartirse pero no pueden ser nuestro único tema de conversación. Muchos se han cerrado a la comunicación precisamente por eso. Tienen ya demasiados problemas durante todo el día, para venir ahora a escuchar los de la casa. Para ella, sin embargo, los problemas parecen ser la única cosa capaz de obtener la atención del marido.

 

         La comunicación se suspende, o deteriora en disgusto. Y los problemas crecen o se amontonan haciendo todavía más difícil el enfrentarlos. Hay que saber ser oportuno. No es prudente descargar sobre el marido la totalidad de los problemas en el instante mismo en que llega a la casa. O despertarlo a las tres de la mañana para dialogar.

 

             Por eso es tan importante el tener un tiempo y lugar fijo en la semana. Cuando la esposa sabe que todos los jueves tiene dos horas dedicadas para ella, en donde puedan verse en detalle todos los problemas, se siente más tranquila. No tiene que tirártelos ahora encima por miedo a que no los veas nunca, porque sabe que una vez por semana pueden verlos con tranquilidad uno a uno, y ponerlos en vía de solución. El marido por su parte puede prepararse para detectarlos inclusive aún antes que ella se los diga. Orar por sabiduría. Llegar con paz. Enfrentarlos uno a uno conforme a su importancia, o a su urgencia. Porque esta es precisamente la otra ventaja del dialogo frecuente y fijo. Y es que podemos tomar los problemas uno a uno sin pretender resolver los de toda una vida en una sola sesión.

La Comunicación entre los Esposos - 2ª Entrega

Reflexión Semanal nº 52

              Necesitamos familiarizarnos con la vida diaria del otro. Algunos encuentran fácil el compartir lo que les sucedió durante el día. Otros lo encuentran difícil, porque vamos todos los días al mismo lugar a hacer las mismas cosas. O por otro lado, son tantas las cosas que suceden que compartirlas es cosa de nunca acabar. Sea como sea, debemos esforzarnos en compartir al menos selectivamente algunas de las cosas cotidianas… compartir las pequeñas cosas. Por no hacer esto algunas mujeres han sentido que para conversar con el marido necesitan hablar de cosas profundas. Es un error. Es algo que puede hacerse alguna vez, pero que no puede substituir las pequeñas cosas que van construyendo el amor de cada día.

 

           Necesitamos también mantener contacto con las responsabilidades y compromisos del otro para poder ser un respaldo para él o para ella. Y naturalmente hablar también de los hijos, de nuestras finanzas, de nuestras actividades.

 

             Este tiempo debe ser una prioridad para nosotros, y significa que si tengo que dejar algo para hacerlo, pues tengo que dejarlo.

 

               Decíamos antes que nuestra comunicación debe ser regular y estable. Para muchos esto significa que debe ser programada. Es decir que debemos tener un lugar y un tiempo especialmente separado para ello. La reunión semanal tiene sus ventajas y es un instrumento eficaz para no dejar acumular problemas, y para poder resolverlos en la medida que se presentan. Sobre todo, es una oportunidad para planificar cosas sin limitar nuestra vida a un ir "poniendo parches" a lo que la vida nos depara.

 

            Como decía antes nuestras circunstancias cambian. No sólo son distintas en cada familia, sino que cambian de un cónyuge a otro.

 

             Uno de los ejemplos más claros es cuando sucede algo anormal. Un disgusto entre los esposos. Un problema urgente con los hijos, etc. Si encontramos a la esposa muerta en llanto no esperamos al jueves para saber que le pasa. De cara a estos sucesos anormales quisiera sugerir tres cosas en la comunicación entre los esposos que ha sido de gran utilidad para muchos matrimonios:

 

               La primera es aquella frase de san Pablo que nos dice que no dejemos nunca ponerse el sol sobre nuestra ira. Lo que san Pablo quiere decir es que cuando tenemos un disgusto o resentimiento con el otro debemos buscar la reconciliación cuanto antes. Son muchos los que los ocultan o guardan por días, o declaran la guerra fría. El resultado es que cada día crecen, y se multiplican porque iniciamos entonces una interminable cadena de reacciones negativas y cada día la reconciliación se dificulta más porque ahora los resentimientos son tantos que ya ni siquiera recordamos que fue lo que provoco esta crisis.

             El segundo consejo, por eso mismo, es el de no levantar un inventario total de agravios en cada pleito. Podemos tirarnos los trastos pero por lo que sucedió hoy. Pero no debemos permitirnos el aprovechar este disgusto para restregar en la cara del otro todas sus faltas de la vida pasada. Pensamos lo que nos sucedería si el Señor hiciera otro tanto con nosotros. O él o yo nos dejaríamos de amar. Pues lo mismo sucede entre los matrimonios. No se puede sembrar agravios y cosechar amor.

                El tercer consejo esta tomado también del ejemplo del Señor y es que cuando nos reconciliamos la falta no queda solo perdonada, sino que es también borrada. Es decir el pasado no existe. Si el asunto ha sido lo suficientemente aclarado y discutido y perdonado, no debe revivirse nunca más.

 

La Comunicación entre los Esposos - 3ª Entrega

Reflexión Semanal nº 53

            Los obstáculos más corrientes para la comunicación suelen ser los siguientes:

 

            1. El no comprender o no aceptar lo decisivo que es la comunicación en nuestra vida.

            2. El segundo es no darle la prioridad que necesita tener.

            3. Y el tercero es el de no programar el tiempo necesario para ello.

 

          Otros grandes obstáculos a la comunicación son nuestras actitudes. La actitud de decir por ejemplo: "Es que yo soy introvertido,” o “es que yo no soy muy expresivo". Necesitamos arrepentirnos y darnos cuenta de que no buscamos la comunicación por gusto (aunque con el tiempo llega a serlo) sino por necesidad.

 

          Otra actitud errada es querer compartamentalizar la vida: Tú aquí a cargo de esto, yo allá a cargo de lo otro, y déjame en paz. "Yo me encargo de la economía, tú encárgate de la casa y de los niños, yo no me meto en tus problemas, no te metas en los míos".

 

      Otra actitud muy dañina es la de escudarse en el diálogo para acusar, recriminar o juzgar. En algunas personas esto llega a ser un verdadero hábito o "estilo" de comunicación y pone a la otra persona a la defensiva. Es por ejemplo la persona que dice: “Nunca vamos a ninguna parte" en vez de decir simplemente "Amor, ¿vamos al cine?" O el que dice: "Ya te he dicho 100.000 veces que no te rasures las piernas con mi máquina de afeitar" en vez de "Amor, realmente me molesta que uses mi máquina porque me destroza la cara". El problema es que cuando hay algo que realmente exige una corrección seria, o cuando se traza un programa de cosas en que el otro necesita mejorar, nos encontramos con una actitud defensiva. 

 

       Cuando por el contrario, se desarrolla una actitud amorosa y confiada, en donde contamos de antemano con la comprensión y el perdón del otro, es muy frecuente que espontáneamente reconozcamos nuestros propios errores y aún nos adelantamos a pedir disculpas.

 

      El temor a tocar ciertos temas o hablar de ciertos problemas, es otra actitud dañina. A veces se ocultan cosas por temor a herir al otro. Otras, por temor a no tener una solución al problema. Otras, finalmente por un falso sentido de "resignación cristiana". Un ejemplo de estas cosas puede ser el de las frustraciones sexuales de uno de los cónyuges. En muchos matrimonios es un tema intocable. Alguna vez por temor a que el otro se sienta herido en su orgullo de hombre o de mujer. O por miedo a no encontrar solución, o inclusive a empeorar las cosas.

 

     Tenemos que superar estas actitudes. Ya dijimos anteriormente que un matrimonio de éxito no es un matrimonio sin problemas, sino un matrimonio que se enfrenta a ellos mediante la comunicación, y desarrolla una capacidad para resolverlos juntos. Debemos saber cómo y cuándo ventilarlos. La resignación cristiana tiene su lugar y su tiempo en nuestras vidas, pero no puede ser la respuesta general a problemas que se deben y se puedan resolver.

 

     Debemos tomar conciencia de que el día de nuestro matrimonio sacramental, el Señor estableció una Alianza con nosotros. Él es parte de nuestra familia y el Señor de nuestro hogar. Su omnipotencia está involucrada en nuestras vidas. Debemos contar con ella, aun para lo que pueda parecernos imposible. El Señor nos ama, tiene para nuestro matrimonio un plan muy superior y más hermosos que lo que nosotros nos atrevemos a imaginar y debemos esperar en Él y colaborar con Él para llevarlo a su plenitud.


 

La Hombría Cristiana - 1ª Entrega

Reflexión Semanal nº 54

      El tema de la “hombría” tiene tantas connotaciones que si no estamos claros de lo que significa, terminamos confundidos. Por ello es importante aclarar qué es “hombría” y más aún, lo qué es "La Hombría Cristiana”.

 

           En mi Comunidad hemos dicho muchas veces que cuando las cosas andan mal, lo que falla suele ser el hombre y no el cristiano. Y que por eso es importante el que cada día seamos no sólo más cristianos, sino también más hombres. Creo que esto es especialmente válido para la vida matrimonial.

 

        Es imposible ser un marido cristiano, o incluso un buen marido, si no somos primero hombres cristianos, si no somos el tipo de hombre que Dios pensó y diseñó para poder funcionar armónicamente en la familia y en la sociedad. Porque generalmente nuestros fallos no son fallos en lo cristiano, sino fallos humanas de nuestro carácter y (en el caso de los hombres) de nuestra hombría.

 

              Conviene pues que tengamos ideas muy claras acerca de la hombría cristiana; de qué significa ser un hombre cristiano a los ojos de Dios y aceptar su Plan, que es nuestro "Manual del Fabricante", desechando en el proceso muchas ideas o valores que el mundo ha sembrado en nosotros.

 

           Cuando Dios creó al hombre, nos dice la Escritura que, "Macho y Hembra los creó". Los crea con características distintas y con funciones distintas. Necesitamos conocer y aceptar cuáles son las nuestras.

 

              En cada época de la historia, Dios ha necesitado recordar al hombre su llamado a la hombría. Lo hace con Moisés, con Eliseo, con Josué, etc. Lo hace porque en algún momento nuestra solidez  no es suficiente para soportar las cargas que la vida o la misión que Dios nos da o la posición que ocupamos en su Pueblo nos imponen, y Dios necesita entonces alentarnos y nos llama a sacar fuerzas de la hombría que El nos ha dado.

            En 1a.Cor.16:13 encontramos a San Pablo exhortando a sus hombres con estas palabras: "Estén alertas, manténganse firmes en la fe, sean hombres, sean fuertes".

 

             Nuestra visión del hombre cristiano y del hombre santo se parece muy poco a la visión de Dios. Nunca se destaca la hombría de los santos. Con algunas honrosas excepciones cuesta distinguir entre San Sebastián y Santa Teresita del Niño Jesús. Y sin embargo todos ellos soportaron pruebas y cargas en que quedó muy clara la reciedumbre de su hombría cristiana.

 

               El mundo, por su parte, lo que nos ofrece son prototipos de hombría que llevan, al joven a una confusión.

              La imagen moderna del hombre, glorificada en sus héroes, reales o imaginarios es la del tipo violento, temible, y sin emociones, que mata o fornica con igual indiferencia, totalmente autosuficiente, (no necesita de nadie ni de nada), dominador ó dominante, arrebata lo que desea, sin consideración ni respeto para nada y para nadie. Es James Bond, o el Clint Eastwood de "Por Unos Dólares Más", es Rambo u otros mucho peores que les han seguido.

 

                En contraposición al tipo anterior, el mundo nos presenta un segundo tipo de personaje: El tipo silencioso y pasivo, aislado de la sociedad, inseguro, incierto, angustiado, refugiado en las drogas, sin ideales ni motivaciones. Personajes creados para despertar los instintos maternales y protectores de la mujer.

 

                  Junto a ellos, los mequetrefes de las comedias de televisión, dominados por sus mujeres, y hazme-reír de los hijos, que se refugian en el alcohol, o en travesuras de niño con los demás "muchachos", adultos-niños como él. O los prototipos bisexuales.

La Hombría Cristiana - 2ª Entrega

Reflexión Semanal nº 55

             En mi Reflexión del sábado pasado describíamos algunos antihéroes que el mundo está presentando a nuestra juventud, distorsionando el modelo que Dios nos presenta en las Escrituras.

 

         Tan anticristiano es el prototipo violento como "drop-out" que se escapa del mundo, el avasallador, como el pasivo. El bisexual como el super-macho.

 

           La confusión es real y nuestros jóvenes  -nos guste o no-  son arrastrados de un modelo a otro. Creo que a todas estas generaciones les faltó un modelo claro de hombría cristiana, si no lo encontraron en sus padres. El Señor nos está llamando hoy a no permitir entre nosotros otra generación de jóvenes confusos. Necesitan del modelo cristiano y nosotros estamos llamados a ser ese modelo.

 

            El Señor no nos llama a repetir  necesariamente las acciones del Antiguo Testamento, pero sí a ver en sus hombres un modelo de lo que Él los llamó a ser.

 

           En mi comunidad  hemos difundido mucho una alegoría tomada del ejemplo de Josué. De lo que Dios espera de él. Se sintetiza en el mandato del Señor de cruzar el Jordán y abrir brecha hasta conquistar la Tierra Prometida que hasta ahora sigue siendo territorio enemigo.

 

       La alegoría es muy hermosa pero sintetiza además muchos aspectos que van ligados al carácter masculino. Les voy a pedir que lean Josue 1:1-9,18. En este pasaje Dios le dice: "Arriba pues, pasa ese Jordán, tu con todo este pueblo, hacia la tierra que yo les doy... yo estaré contigo. No te dejaré ni te abandonaré... se valiente y firme... no tengas miedo ni te acobardes".

 

            Le manda hacerse obedecer de su pueblo. En el Cap. 24 lo vemos mandando a los suyos el temer al Señor y servirle con fidelidad.

 

           Josué es alguien que guía a su familia y a su pueblo, y que hace uso de su autoridad. Es valiente y firme, recto y fiel. Conoce la Palabra de Dios y de su Ley. Por eso teme a Dios más que a los hombres y busca cumplir su voluntad  aún a riesgo de perder, su posición, su prestigio o incluso su vida en la conquista de un territorio peligroso y hostil. Son algunos de los rasgos de carácter necesarios para este contínuo quehacer de ocupar un territorio para Dios.

 

              La alegoría se vuelve aún más hermosa y descubrimos muchos otros matices en ella cuando vemos el papel de la mujer. Si la metáfora básica era para el hombre la de conquistar el territorio, la metáfora básica para la mujer es la de "hacer un lugar para él"  o, "dar calor al nido". No encuentro la frase exacta para describirlo por lo que recurro a una descripción del hogar cristiano muy bella que hizo mi amigo Chale Mántica. Dice así:

 

“El hombre construye la casa, la construye fuerte, la guarda y la protege. La mujer la convierte en hogar. La hace habitable. El hombre conquista el territorio de la sexualidad, la mujer lo embellece y sublima. El hombre es pilar de fe, la mujer fuente de amor. El hombre se hace respetar, la mujer se hace amar. El hombre es riesgo, la mujer seguridad. El hombre es trabajo, la mujer descanso para él. El hombre es fuerza, la mujer fortaleza. El hombre es iniciativa, la mujer paciencia. Dios la hizo distinta para ser complemento y no rival. Ayuda adecuada, no competencia. El hombre lleva el liderazgo en la familia. La mujer lo asiste y lo sostiene.”

              

               La visión de la mujer Cristiana está sintetizada en Proverbios 31. Les invito a que la lean.

 

La Hombría Cristiana - 3ª Entrega

Reflexión Semanal nº 56

              Un modelo interesante para el hombre cristiano es Job. Para muchos Job es solamente el modelo de paciencia y de aguante. (Leer Job:29)

 

              En él podemos encontrar muchos elementos del Plan de Dios para nosotros.  Job es un hombre que está en el mundo. Es un hombre activo, trabajador; un hombre de empresa. Agresivo en las cosas santas, defensor de los extranjeros, le rompía la quijada a los malvados y les quita la presa de los dientes. No acepta componendas con el mal.  Al mismo tiempo compasivo y misericordioso con el huérfano y la viuda. Es hombre de Fe y de aguante, probado en la paciencia, y en el sufrimiento. Soporta y vence sobre la adversidad. Hombre que usa su autoridad y se hace respetar de todos.

 

             Mientras en el mundo el hombre busca ante todo ser aceptado y amado, el cristiano busca primero ser respetado, y quiere ser amado y aceptado pero nunca a expensas ni de su dignidad ni de su rectitud.

 

            Totalmente contrario a la hombría que el Señor quiere de nosotros es lo que se ha generalizado en nuestro pobre país. En vez de hombres valientes y responsables lo que vemos por todas partes es la cobardía de un machismo desenfrenado, bueno para pegar cuatro gritos y trompear a su esposa y niños, pero totalmente irresponsable cuando se trata de cuidarlos y protegerlos. Como educador nicaraguense creo sinceramente que en el hogar y en los colegios debe inculcarse este valor de la hombría con todo rigor, creatividad y firmeza.

 

            Es curioso observar cómo nuestra Escritura judeo-cristiana enfatiza tanto este valor. Los Salmos, el libro de los Proverbios y las Epístolas de manera especial, contienen mucha enseñanza sobre la hombría cristiana. Pero hay que reconocer que el ser el tipo de hombres que Dios quiere no es algo que sucede de la noche a la mañana. Requiere tiempo, esfuerzo y docilidad al Espíritu.

 

           El Señor nos está llamando a ocupar un nuevo territorio y es el de trasmitir a nuestros hijos estos valores, en medio de un Mundo confuso y sin modelos.

 

              Quizás el tiempo que anunciaba San Pablo, es el que nos ha tocado vivir. Pero la Palabra y los valores del Señor son para todos los tiempos, y en ellos debemos buscar nuestro prototipo de hombría cristiana.

 

          El carácter varonil que Dios nos presenta como modelo esta hecho de fortaleza, de capacidad de aguante, de coraje. Nos manda vencer sobre el miedo, vencer sobre el temor al rechazo; a no hacer nunca nada indebido por temor a no ser aceptados; a estar dispuestos a luchar por lo que es recto y santo, a conquistar el territorio, a tomar decisiones y posturas con firmeza.

 

              A esto se interponen las influencias del mundo, nuestra confusión, nuestra pereza, o el haber tenido como modelos a personas que no reflejaban el modelo de hombría que Dios nos propone.

 

              Dios ha plantado dentro de nosotros el deseo de ser hombres cristianos. A cada uno nos ha dado el don de asumir el papel de autoridad varonil, en nuestras familias y en la sociedad. Necesitamos aceptar y atesorar este don, poniéndolo en práctica. Y si existe algún impedimento más serio en nosotros para poder ocupar nuestro lugar, podemos contar con que Dios lo quitará, porque el Señor es fiel. Debemos pedir, que lo quite.  Pedirle que nos forme como hombres y podemos contar con que lo hará porque nuestra Fe estipula el recibir de Él todas las cosas necesarias para cumplir su voluntad. 

 

De la 57 al 123